Esperanza
E n el domingo anterior las tentaciones de Jesús buscaban desmontar su misión de un Mesías que se abraza a la condición humana, incluidos sufrimiento y fracaso. Jesús supera la tentación y emprende el camino de la cruz, donde será reconocido como Hijo de Dios. Pedro no entiende ese mensaje y quiere excluir su contenido. Es que los caminos de Dios son inesperados. Hoy nos sorprende el silencio de Dios, la ausencia de Jesús. ¿No será que, como Pedro, buscamos donde no está? Nos acercamos a los poderosos, a los triunfadores, a lo deslumbrante. Y no reconocemos a Dios. ¿Hemos probado a buscarlo en los que sufren y fracasan, en los que llevan su cruz propia o son crucificados por otro? ¿No será que confesamos, como Pedro, a Jesús como Mesías, pero seguimos sin aceptar sus caminos? La fe y la esperanza se necesitan mutuamente. La fe sostiene una esperanza que es firme y paciente: cuando Pedro quiere instalarse en el Tabor, se desorienta, porque el Tabor no es nada sin el Calvario. Como no es nada la esperanza sin la paciencia. Esperar no es quedarse viendo visiones ni instalarse «como si ya hubiéramos llegado» ni estar a la espera a ver lo que sucede. La transfiguración en el Tabor remite a los discípulos a acoger la fe y a seguir a Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle». Cuando los discípulos vean de nuevo a «Jesús solo» y bajen del monte, entenderán que la esperanza se realiza en la paciencia, menos «gloriosa» pero más real que todas las visiones y utopías. La paciencia es la esperanza de cada día, la tierra firme en la que se consigue la gran transformación y la cosecha a partir de un grano de trigo. Sin la cruz todo quedaría en «visiones». Es la carne de la esperanza, en la que ésta sufre los dolores del gran parto de la nueva creación.
«Espera en el Señor» es el Salmo responsorial. En el caminar con Jesús no nos faltará (como no les faltó a los apóstoles) la evidencia de su presencia junto a nosotros; incluso, en medio de la niebla monótona de la vida o de las tempestades que nos hacen temblar, descubriremos la luz más clara: Dios está con nosotros, Dios hace alianza con los hombres. ¿No podríamos hoy redescubrir los fundamentos de nuestra vida y de nuestra esperanza, mediante la plegaria y una mirada más penetrante sobre la vida?