Cambiar de vida
S er cristiano, mientras vivimos, no es equivalente a tener firmada una póliza que nos asegura la salvación y que nos libera de cualquier preocupación. No podemos olvidar que el Bautismo es nuestro punto de partida, la Eucaristía nuestro alimento para el camino y el Espíritu de Cristo nos es dado por el agua que nos refresca para poder seguir caminando. Pero también es verdad que codiciamos el mal, que nos cerramos a descubrir la acción de Dios en nuestra existencia y que nos rebelamos contra Él. Hay pecado en nuestras vidas: así como muchos israelitas liberados de Egipto no entraron en la Tierra Prometida por falta de fe y esperanza, así nosotros hemos de buscar la conversión. «El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga» (II Lectura). Sin embargo, esta preocupación no puede convertirse en desesperanza, ya que El Señor es compasivo y misericordioso (Salmo Responsorial). Jesús invita a quienes le sigan a un estilo de vida, no a una nueva religión. Lamentablemente, sin embargo, sigue siendo corriente encontrar personas que se dicen creyentes (aceptan sin mayor problema las verdades del credo y las normas morales y eclesiásticas...), pero con prácticas que en nada los diferencian de los no creyentes (racismo, apatía ante el sufrimiento, deseos de lucro, olvido de los pobres, afán de prestigio...). Es el «comamos y bebamos», con mucha seguridad de que mañana moriremos, pero con poca convicción de que hay otra vida tras la muerte que ilumina y da sentido a ésta de aquí.
El mal existe, pero explicarlo es un gran misterio. Jesús sabe que todos los hombres somos pecadores y que nadie puede sentirse justo ante Dios. Todo hombre necesita la salvación de Dios. Lo reconozcamos o no, todos vivimos, como los hebreos en Egipto, esclavos del pecado y somos solidarios del sufrimiento y la pobreza de los otros. Por eso, la conversión del corazón es condición indispensable para que nos llegue el Reino de Dios. Todo sería distinto, incluso la convivencia humana y la misma relación del hombre con la naturaleza. Un escritor ha dicho: «La supervivencia física de la especie humana no depende de las lluvias ni del sol, sino de un cambio radical del corazón humano». Ahora bien, la conversión no se reduce a una buena disposición interior ni a un vago deseo de ser mejores. Con la parábola de la higuera que no da frutos Jesús nos enseña que Dios espera de nosotros obras de amor, justicia y verdad; sin ellas la conversión no es auténtica. Se verifica en el compromiso de construir un mundo de hermanos. Hay que hacer una revolución «temporal» para la salvación «eterna» de los hombres. No se puede abandonar a los otros en el Egipto de la miseria y la opresión, sino de que cada cristiano asuma con gozo una tarea obligatoria. No podemos olvidar las palabras de Jesús: «Tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnudo y me vestisteis...». Porque, «¿cómo alguien puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve?».