CORNADA DE LOBO
Un supuesto
Dieron el campanazo estas autoridades adelantándose a la híspida Europa y a este Gobierno mudo al anunciar un plan leonés para acoger a todo refugiado sirio, iraquí o afgano que quisiera vivir en el campo arrendándoles tierras por poco y brindando medios para sus sueños agrícolas, ganaderos o industriosos. No surtió el efecto esperado. Se apuntaron sólo unos doscientos que quedaron disueltos en una provincia de más de mil pueblos (los refugiados en Grecia o Turquía soñaban casi todos con Alemania; España era una pedrea triste). Sin embargo, a los pocos meses, viendo las perspectivas abiertas en estas riberas y montañas, muchos llamaron a parientes y paisanos dispersos por Europa; se vio reagrupamiento y pequeña colonia. Un año después se habían establecido aquí cerca de seis mil, en gran medida sirios más que iraquís o afganos (y en buen número, cristianos más que musulmanes). No sólo se sintieron bien acogidos, sino que en muchos casos los lugareños les recibieron como una bendición que les redimía de su condena a la desesperanza. En algunos pueblos se intuyó un resurgir de su viejo vigor ganadero y en otros se aplazó un poco su muerte.
Pero cuando en la primavera de 2018 se firmó el armisticio que ponía fin definitivo a la guerra civil en Siria tras varios intentos fallidos, no pocos acogidos pudieron volver a su país. Sin embargo, unos quinientos decidieron permanecer en el campo leonés ante los horizontes ciegos de su patria devastada, perdidas sus casas y oficios. Y aquí se afanan en sus sueños hoy (marzo de 2022) sin mayor problema de integración y desenvoltura. Tanto es así, que hoy es un día feliz para un rapacín de Cabrillanes al que invitó la familia siria de su mejor amigo, Ibrahim, a viajar con ellos a Damasco, donde van a ver a los suyos y a liquidar unos últimos bienes que les permitirán a su vuelta ampliar la fábrica de quesos y el rebaño del que viven en esta Babia a la que llegaron en el coche de línea del Pánico y que hoy les parece una Arcadia feliz… y en la que aún gruñe don Fidel.