Pastor y Líder
E n una sociedad rural, como la del tiempo de Jesús, la imagen del Pastor que conoce a todas y cada una de sus ovejas, las guía a los mejores pastos e incluso da su vida por ellas, era una imagen perfectamente inteligible. Por eso la usó Él que era un espléndido conocedor del entorno y de sus oyentes. Hoy, la figura del pastor nos resulta un poco lejana. Alguna vez vemos alguno al recorrer las carreteras y nos parece un vestigio de un pasado lejano. Acaso una imagen más de hoy sería la de líderes, que parecen abundar (o quizá no). El hombre siempre ha necesitado mirarse en otro hombre, buscar modelos de referencia, tener delante la imagen de alguien a quien admirar, a quien, aunque sea inconscientemente, parecernos y hasta disponernos a seguir.
El líder se destaca de los demás por sus especiales cualidades, pero, para ser auténtico, debería ser imitable sin temor a errar. En tiempos de Jesús también había muchos líderes, como en nuestros días. Pero ninguno de ellos, acaso como los actuales, conocía a las «ovejas», ninguno vivía con ellas ni como ellas, ninguno era capaz de dar su vida para salvarlas de malos momentos.
A Cristo se le llama Maestro, Guía, Salvador o Señor. Pero también Buen Pastor. Aunque los rebaños no pertenecen ya al paisaje habitual, todavía entendemos la metáfora del pastor y las ovejas. El Apocalipsis enriquece la imagen cuando nos presenta a Cristo como un Cordero que se inmola en la cruz, que se entrega voluntariamente por todos, que puede decir, mejor que nadie, que es nuestro Pastor, que va delante de todos, nos guía y da la vida por sus ovejas: «El Cordero será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas». Cristo Buen Pastor se presenta a sí mismo como quien conoce por nuestro nombre a los que somos ovejas del «rebaño adquirido por su Sangre», nos da vida, nos purifica en su Sangre y nos conduce hacia fuentes tranquilas. Hoy lo vemos como al Pastor que nos acompaña en el camino y además se nos da como alimento y bebida, sobre todo en la Eucaristía. Él es nuestro alimento, nuestra Fuerza. Su Palabra es la que vale la pena escuchar. Nosotros hemos de acoger su voz, tener fe en Él, dejar que dé sentido a toda nuestra vida. Seguimos siendo débiles, « pequeño rebaño», que peregrina hacia el Padre, pero que contribuye a extender su Reino. El Pastor bueno con su presencia, su Palabra y su Eucaristía nos ofrece energías para todo.
La Jornada de Oración por las Vocaciones y de las Vocaciones Nativas nos invita, con la voz del Buen Pastor, a contribuir a que la Iglesia sea un espacio cálido en el que florezcan verdaderos testigos de Jesús, quien los mira con pasión para que ellos dirijan a los demás esa misma mirada.