Diario de León
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pEDRO TRAPIELLO
León

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Patidifusos dejó a muchos y alborozados a unos cuantos (que dirán ¡al fin pillamos!) tras declarar la diputada catalana Anna Gabriel que le gustaría tener los hijos en común y que los eduque el grupo, la tribu, superando así la reaccionaria familia del siglo XX, pues la del XXI pide que los hijos sean de todos y que el padre sea ninguno y todos a la vez. Guay.

A Sócrates le parece excelente porque se desagraviará de una vez por todas el viejo apodo de «Sietepadres».

Hijos de todos; padre ninguno.

Ese es el «sueño celeste» de esta mujer de la nueva izquierda que Antonio Lucas describe en un artículo magistral recordando su mística vivencia en una comuna de Las Alpujarras.

La utopía del comunitarismo revive cíclicamente en la historia. Es lo angelical, tiene algo de religioso. Lo practicaron a rajatabla los primeros cristianos que daban sus bienes a los pobres o a la comunidad imitando a Jesús que vivió en una comuna religiosa esenia (los anawim) antes de su vida pública, de ahí la compañía apostólica que arrastraba en su misión y en la que las mujeres tuvieron un papel eminente que unos evangelistas de numen judío ninguneron, romos varones (la historia es de quien la escribe).

Todo es de todos. La comunidad es un solo cuerpo. Es la mística igualitaria.

Anna Gabriel quizá sueña sinceramente con un mundo sin padres, único modo de que el patriarcado quede difuminado de raíz, «pero eso parece un lirismo offshore para crear sus propios paraísos», dice Lucas.

Sin embargo, es invento viejo que se reinventa y se escacharra en falansterios, comunas, sociedades tilín hippy... sólo pervive en etnias primitivas (yanomamis, nas, draghas) de forzada vida comunal al no tener bienes propios. La propiedad es la madre del cordero; al inventarla, el hombre hubo de crear la monogamia, la familia, para asegurar la paternidad del heredero, así que el sueño de Anna Gabriel habrá de pasar por joder la propiedad antes que por follar a voleo. Pero en este tiempo divorciado, muchos niños ya tienen dos padres, tres, cuatro... y ninguno. Lentamente, el sueño celeste avanza.

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