LA 'CONTRA' DEL DIARIO
Doña Concha cumple 96 años
La guardiana del patrimonio chico leonés añora sus viajes por La Cabrera y los museos que ayudó a fundar.

La etnógrafa Concha Casado Lobato ayer con la cuelga de su cumpleaños y unas begonias. MARCIANO PÉREZ
ana gaitero | león
Si fuera por ella, habría celebrado su cumpleaños en cualquier lugar de La Cabrera, en Villar del Monte o Forna, porque tanto monta la Alta como la Baja, o disfrutando de la vitalidad de que gozan los museos que impulsó en Val de San Lorenzo, Jiménez de Jamuz o Santiago Millas.
Concha Casado Lobato, aquella muchacha que en los años 40 se instaló en una tienda de ultramarinos de Truchas para capturar la lengua de los cabreireses y doctorarse en Filología, cumplió ayer 96 años. Las visitas a su actual hogar en la residencia de personas mayores Juan Pablo II, las flores y una cuelga de golosinas, le hicieron sonreír mientras tiraban del hilo de sus recuerdos.
La tradicional cuelga leonesa se transformó en esta ocasión en una ristra de golosinas, recuerdo de su amor por la escuela. Educación, educación, educación... No se cansaba de llamar a esta puerta ni a todas las que hiciera falta para salvar el patrimonio más humilde y las artesanías, o, mejor dicho, a los artesanos, «tesoros vivientes», repetía.
La salud y el tiempo haciendo mella sobre la memoria no le permiten seguir en la primera línea de su labor como etnógrafa. Pero su legado perdura, Villar del Monte se ha salvado con nuevos proyectos, la cultura tradicional es más valorada que nunca y su vasta biblioteca se conserva en el Museo Etnográfico de la Diputación de León en Mansilla de las Mulas.
Concha Casado Lobato (León. 1920) ha sido reconocida por su dedicación como hija adoptiva de La Cabrera, con la Medalla de Oro de la Provincia de la Diputación y con el Premio Castilla y León de Patrimonio, entre otros muchos galardones. Por encima de todas las placas oficiales, ella está orgullosa de los obsequios de las escuelas. Trabajos colectivos de niños y niñas de toda la provincia. «Son el futuro, si aprenden a amar el patrimonio ahora lo amarán toda su vida», solía decir. Ayer no dudó cuando le propusieron volver a La Cabrera y parar a comer en Castrocontrigo: «¡Eso!».