Hacerse prójimo
L a parábola de este domingo presenta claramente dos preguntas que son totalmente diferentes. La pregunta del letrado, hecha para justificarse, y la pregunta de Jesús, que, como buen pedagogo, pretende que el letrado descubra, sin que Él se lo tenga que decir con nitidez, el sentido universal del amor que Dios pide en su Ley, que son los mandamientos del Sinaí y los escritos de los profetas. El letrado pregunta: «Y ¿quién es mi prójimo?». No se interesa por lo que él tiene que hacer y sobre qué actitud debe adoptar. Se limita a pregunta por el otro para así proceder a limitar el campo de su amor; pregunta por las circunstancias que debe reunir aquél a quien debe ser destinatario de su amor. En el fondo condiciona su amor y quiere saber a quiénes debe excluir de él. La respuesta de Jesús, enunciada después de ofrecerla la parábola del buen samaritano, también tiene forma de pregunta y, en realidad, se dirige al interior del hombre: «¿Quién de ellos te parece que se ha hecho prójimo?», «¿Quién de ellos se portó como prójimo del otro?». Jesús se interesa más por el sujeto del amor que por el objeto del mismo; por el amor que se da más que por el amor que se recibe. Jesús quiere hacerle ver que es el letrado quien tiene que hacerse prójimo de todos; que importa más amar que ser amado, que no es bueno condicionar el amor y que, amando al hombre, sea quien sea, haciéndose prójimo de todos, es como se vive la plenitud de la ley. Por eso la parábola comienza por este genérico: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó...» Es el hombre, cualquier hombre, todo hombre, el objeto de nuestro amor. Hacerse prójimo es no pasar de largo ante quien precise de nuestra presencia, de nuestra colaboración, de nuestro apoyo. Hacerse prójimo es amar con «amor eficaz».
Glosando la parábola podemos decir que la humanidad, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de ladrones que la dejaron maltrecha, dividida y con unos sectores mayoritarios en situación de indigencia material, moral, espiritual, social y jurídica. Por el camino pasan ideologías y tendencias, grupos y partidos que, atentos a sus preocupaciones e intereses, «pasan de largo» sin remediar los problemas, aunque los vean. Y los problemas de la humanidad, por culpa de unos y de otros, siguen sin resolverse. ¿Quién se hará prójimo de esta humanidad necesitada? ¿Quién se portará como prójimo de tantos grupos sociales orillados, preteridos, amordazados, hambrientos? Tiene que ser el compromiso entre los cristianos, un compromiso activo y operante, reflejo del de Cristo con la humanidad, en favor de un mundo más justo y más fraterno, con especial atención a los más pobres. El cristiano no puede pasar de largo ante los demás. Fe y esperanza nos proyectan a ser testigos del Amor de quien nos amó primero. «Nuestra caridad nace del corazón de Cristo dormido en la cruz y nos impulsa a admitir que Dios ama en nosotros lo que amaba en Él; a adivinar que, en el mandamiento nuevo del amor mutuo, está la señal de que su Amor es más fuerte que la muerte; a convertirnos en buenos samaritanos que hacen a los pobres y a los heridos por la vida nuestros preferidos; a poner la mano en el arado, sin volver la vista atrás, para roturar los surcos de un cielo nuevo y una tierra nueva» (Sínodo de León 1996).