Caminar en tensión
E l evangelio de este domingo nos sorprende: Jesús anuncia que no trae paz sino división. Nos gusta que el evangelio hable de amor, libertad y paz, y hoy dice todo lo contrario -¡y son palabras de Jesús!-: «He venido a prender fuego en el mundo ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Lo dice para que abramos los ojos y veamos que la división ya está presente en el mundo: los hombres no se aman, el pecado divide. En este sentido Jesús trae la división. El ejemplo que pone de la familia es muy claro: si no hay conversión y amor mutuo, si una familia no tiene el estilo del Reino, la división es inevitable. Para Jesús, la paz es el fruto de la lucha por transformar el mundo en Reino de Dios. Esta lucha supone conversión exigente, para acoger la paz del Reino. La lucha de Jesús da como fruto la justicia y el amor, pero no la cerrazón de ojos ante la realidad. Lo que nunca podemos hacer es encerrarnos en casa para no ver lo que hay fuera. Ser fieles a los valores del Evangelio inevitablemente traerá enfrentamientos y tensiones. Estamos en un mundo de pobres y ricos, dominados y dominadores, explotados y explotadores... Queremos que la situación cambie y llegue a ser justa. Y esto trae división. Los poderosos no quieren perder su situación; por eso los creyentes hemos de esforzarnos para que el fuego de la Palabra de Jesús haga arder al mundo. Nosotros no lo veremos, pero no hemos de renunciar a hacer posible este objetivo. Que esta situación injusta cambie significa, evidentemente, que el mundo de los pequeños y los débiles estará abierto a que se puedan cumplir sus más profundas aspiraciones.
Jesús es a la vez el origen y el término de nuestra fe. Hacia Él marchamos entre dificultades. La primera contradicción que encontramos en el seguimiento de Cristo es el pecado que nos ata. Hemos de elegir. Jesús sufrió rechazos y pasó la humillación de la cruz, pero está sentado a la derecha del Padre y reina con Él. Esto da ánimos. Todavía “no hemos llegado a la sangre” en la lucha contra el pecado. La Palabra de Dios de este domingo choca con nuestros pensamientos habituales. No nos presenta la vida cristiana como una observancia de mandamientos que produce una paz dulce y fácil. Más bien, describe un clima de tensión que es la atmósfera propia de la vida cristiana. El ideal que Jesús propone no es una felicidad de tejas abajo, ni una paz humana que nace de la práctica religiosa desconectada de los problemas reales. Nuestra propuesta cristiana al mundo es que hay que seguir la cruz de Cristo sin componendas, lo que nos convertirá en signo de contradicción, en uno mismo y ante los demás. Dios siembra en el corazón humano una semilla de vida, bondad, felicidad y alegría, y a nosotros nos toca esforzarnos para que esta semilla germine, grane y produzca frutos. Esta es nuestra causa. Esta es nuestra oración en la Eucaristía.