Purificar la fe
S on muchos los creyentes que ven en Dios alguien a quien recurrir SOLO en los momentos difíciles que la vida tiene, de quien echar mano para que tape nuestros agujeros y supla nuestras deficiencias, como si su tarea fuese la de ir parcheando aquellos disparates que nosotros, frecuentemente con nuestra libertad mal entendida y peor usada, vamos cometiendo. Cuando las cosas nos van bien, Dios no nos hace falta para nada, que se quede tranquilamente en su cielo, rodeado de ángeles y de santos. Cuando nos vaya mal, ya echaremos mano de Él: su obligación es cuidar de nosotros, ya que, como dicen, somos sus hijos y Él es Padre. Es cierto que hay quienes, llegado el momento, saben pasar del dios-curandero al Dios Padre Salvador; pero el camino no es fácil (muchas veces ni siquiera resulta ser tal «curandero» y, aparentemente, deja al hombre abandonado a su suerte: es el momento de la crisis en la que se pierde esa fe infantil y absolutamente deficiente, para quedarse o sin ninguna o para alcanzar una fe madura). En el Evangelio de este domingo, en el caso de los leprosos, fue la «minoría más mínima» (solamente uno) la que recorrió ese camino de maduración en la fe.
Nuestra relación con Dios tiene que cambiar, y no hablamos tanto de cantidad como de calidad. Hemos acumulado muchos tendencias religiosas naturales -no siempre acertadas- sobre el verdadero rostro de Dios, revelado en Cristo. Por eso hay en nuestra religiosidad mucho de magia, oportunismo, interés, frialdad..., que hemos de transformar en agradecimiento, generosidad, acogida gozosa de sus dones, entrega confiada al Señor, con la seguridad de que, pase lo que nos pase, Dios es el primer interesado en el triunfo del bien sobre el mal. Quizá a veces alcancemos curaciones u otros beneficios más o menos interesantes y espectaculares; pero lo que nos conviene y nos interesa es alcanzar la salvación de Dios. ¿Haremos como los nueve leprosos, que se conformaron con una «curación» -que ni siquiera agradecieron- y se perdieron la «salvación»? Sólo el extranjero que volvió es, para nosotros, modelo de fe. Ese es el camino a seguir.
Para ser capaces de volver agradecidos a Jesús, hace falta reconocer, en primer lugar, que Él no nos debe nada, que su acción para con nosotros es totalmente gratuita. Y sólo quien es capaz de descubrir este amor generoso y gratuito de Dios, puede volver a Él agradecido, puede convertirse en discípulo suyo, puede posponerlo todo para seguirle. A éstos es realmente a quienes Jesús dice: «tu fe te ha salvado». Aceptar que nuestro ser es imperfecto y necesitado de plenitud es entrar por el camino de la salvación. Reconocernos tal como somos, saber que necesitamos de un Salvador y descubrirlo en Jesús es vivir la experiencia más profunda de que el hombre es capaz. Y, por eso, es la experiencia más auténticamente humana que pueda tener el hombre.