Diario de León
Publicado por
A LA ÚLTIMA Juan Carlos Viloria
León

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E l cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Iglesia Católica, acaba de dictar una instrucción sobre el rito ‘post mortem’ para los fieles y creyentes que excluye la conservación de las cenizas de los difuntos en los hogares, su dispersión en la naturaleza o reparto entre familiares. Seguro que muchas familias han entrado en crisis al conocer la doctrina de la Santa Sede sobre el destino de los restos de los difuntos creyendo a su deudo tan a gusto durmiendo con los peces hasta la eternidad. Y es que aquí, entre nosotros, hay que reconocer que el personal se ha apuntado en masa a la moda de llevar la urna con las cenizas al río, a la playa, al monte o lugares mucho más insólitos para liquidar el engorroso trámite de enterrar a los muertos como mandaba la tradición. Es paradójico que las sociedades tan localistas, regionalistas o nacionalistas que se aferran como si fuera una religión al rescate de cantares de sus ancestros, danzas olvidadas que recuperar y un afán a veces enfermizo de bucear en el pasado para reencontrarse con una identidad perdida, se hayan apuntado con tanta facilidad a liquidar el rito de los muertos. No cabe duda de que la Iglesia Católica ha perdido por goleada en las últimas décadas la iniciativa en la batalla del rito a favor de la nueva religión que es la no religión. Una especie de panteísmo vulgar (el dios mar, el dios árbol, el dios monte, el dios aire, o nube) se ha impuesto en las costumbres y no hay reparo alguno, ni pudor, a la hora de esparcir los restos de los seres queridos con la excusa de lo mucho que le gustaba al finado el vuelo de las gaviotas o esperando que se reencarne en una breva cuando de fruto el árbol. Que no me parece ni bien ni mal. Pero reconozcamos que todo es como de película mala de televisión de los domingos por la tarde. Es curioso. La mayoría no cree en el más allá, ni, por supuesto, en la vida eterna o la otra vida, y para que te cuento en lo del cielo y demás. Pero se ponen líricos hasta lo empalagoso describiendo cómo las cenizas de su deudo se fueron disipando en el agua hacia una nueva vida entre delfines y gaviotas.

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