Diario de León

A la vanguardia de la defensa mundial

Kuwait, Irak, Afganistán, Kosovo, Bosnia.... nueve militares de la Base Conde Gazola cuentan sus experiencias en misiones internacionales y aseguran que ayudar engancha y trabajar por la seguridad del país, también. Demuestran que su trabajo, en ocasiones invisible para la sociedad, ayuda a crear marca España..

Imagen de los nueve militares en la Base de Conde Gazola, en Ferral del Bernesga. SECUNDINO PÉREZ

Imagen de los nueve militares en la Base de Conde Gazola, en Ferral del Bernesga. SECUNDINO PÉREZ

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cristina fanjul | león

Durante seis meses, el comandante Santiago Vega Álvarez formó parte de una célula de la OTAN en Kuwait que trabaja en el planeamiento de las operaciones contra el Daesh en Irak. Su puesto le permitió participar en la estrategia de las campañas para recuperar Mosul o Ramadi de manos terroristas. Ha estado en la élite de la inteligencia bélica. Tan sólo siete españoles forman parte de esa cúpula integrada por una coalición de 60 países liderada por Estados Unidos. «Participar en este tipo de misiones me ha dado la capacidad de apreciar lo afortunados que somos en España y te permite tener una visión más global del mundo». El comandante Vega sonríe cuando le pides datos acerca de esa misión. «Es secreto», se disculpa. Sostiene que el objetivo de cualquier misión internacional —también estuvo en Kosovo en 2007 y en El Líbano en 2010— es la seguridad. «La seguridad es un concepto global, como la estabilidad, que afecta a España y sus aliados», destaca.

No es el único. Los militares de la Base de Conde Gazola han participado en una treintena de misiones internacionales, fundamentalmente en Afganistán, Líbano y Bosnia. Pero no sólo. Muchos de ellos han estado involucrados en operaciones vitales en la defensa de la civilización occidental, en la protección de la población civil en zonas de conflicto y en la ayuda a la reconstrucción.

«Instrucción dura, combate fácil». Con estas palabras explica el brigada Cartón la mentalidad que adoptan durante el despliegue. Su experiencia del miedo es la misma de todos, pero su entrenamiento logra que la manera de gestionarlo sea diferente. La formación que reciben les hace desarrollar una automatización vital para la defensa de su vida y la de sus compañeros. Un militar piensa en global y a largo plazo, porque sabe que su misión nunca termina, aunque para él haya finalizado. «De tu trabajo con la población civil —destaca el cabo Macías— dependerá la vida de tus compañeros». Las palabras no logran expresar todo lo que entraña la experiencia de una misión internacional. «Los cuatro meses que viví son como diez años en la vida real», asegura el cabo primero Carrera, que en 1994 estuvo destinado en Bosnia con la misión de localizar los lugares desde los que se lanzaba fuego de mortero que, en más de una ocasión, le cayó a menos de cien metros. Porque el peligro es real e inminente. Más de lo que pensamos cuando observamos la guerra desde la seguridad de nuestro salón. Como cuando el 29 de noviembre de 2003 una emboscada de terroristas acabó con la vida de siete agentes del CNI en Irak. «Nos tocó repatriarlos. Uno de ellos había sido mi primer capitán en el ejército», asegura el sargento primero Calzado. Lo mismo le ocurrió a la soldado Moya, que recuerda el terror con el que vivieron sus padres el atentado que acabó en El Líbano con seis soldados españoles. «Yo tenía que viajar allí seis días después. Aún a día de hoy, ocho años después, mis padres no son capaces de hablar de ello», asegura.

Y es que todos ellos coinciden en que uno de los sentimientos más duros a los que se enfrenta un militar es dejar a su familia. Con el fin de ayudarles, el Ejército tiene un programa de apoyo a las familias, con un teléfono que funciona las 24 horas del día para facilitar información constante y un mando preparado para cubrir las necesidades que tengan los familiares.

El capitán Ricardo de la Fuente Vega estuvo en 2009 en Afganistán como jefe de operaciones. Su labor consistía en dar protección a las fuerzas desplegadas en Afganistán a través de drones. «Nuestro trabajo era dar protección a los convoyes . Vigilábamos la zona desde nuestro puesto de mando día y noche», manifiesta. Además, desde su puesto también se realizaban operaciones de seguimiento a insurgentes y de control de autoridades, labores esenciales para garantizar el mantenimiento de la paz y la seguridad en la zona. «La guerra paraba cuando pasábamos», recuerda el brigada Cartón al hablar de su misión en Bosnia en 1994, un despliegue en el que murieron dos compañeros. Regresó al país nueve años más tarde, en una misión en la que trabajaba codo a codo con militares franceses y cuyo objetivo era destruir el armamento que los civiles conservaban en sus casas. También formó parte de ese despliegue el cabo Macías, que destaca que Bosnia tiene aún alrededor de un millón de minas. Los niños juegan en lugares minados, pero cuando nos fuimos de la zona logramos dejar un país en marcha, conseguimos que se entendieran. Vivir algo así cambia las prioridades, modifica tu mirada del mundo», reflexiona.

El cabo Macías también formó parte de un proyecto de mentorización del ejército afgano en 2012. Asegura que el trabajo del ejército sobre el terreno ha servido para lograr que los militares afganos trabajen por sí mismos. Además, asegura que su influencia no es simplemente militar. «Todos cuantos estuvieron con nosotros tomaron nota de nuestra forma de vida y los insurgentes ya no campan a sus anchas. Lo que hemos conseguido es que el país entero ya no esté en contra nuestra», dice orgulloso, y remata: «Ayudar crea adicción».

Todos ellos hacen hincapié en la escuela de vida que supone estar desplegados en diferentes zonas del mundo, por la posibilidad que te ofrece de cambiar los puntos de vista, de comprobar que tu visión no es la única. El capitán Vega explica la magnitud que otorga observar la realidad de Afganistán desde el aire: a las mujeres con burka, la pobreza extrema, las fiestas chíies en las que los fieles se flagelan, los matrimonios con niñas... «No se puede interferir. Viven y mueren rápido», lamenta, y añade que allí lo extraordinario es morir por el conflicto. «En Somalia no les ponen nombre a sus hijos hasta que cumplen cuatro años», cuenta para describir hasta qué punto impacta comprobar lo asumida que tienen la pérdida...

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