Hermanos todos
A mor de Dios y a los hombres es el eje de la fe. El Nuevo Testamento acaba por identificar los dos amores. Son un único acto. Desconocerlo producirá graves deformaciones. Porque a lo largo del tiempo ha habido muchas distorsiones de esta verdad, se hace necesario andar siempre con reajustes. Amor a Dios y amor al prójimo ni son cosas distintas ni sustituyen uno al otro. Cuando el amor a Dios como Padre no ocupa el lugar que le corresponde, la relación con el prójimo se degrada necesariamente. Por otra parte, la merma del amor fraterno perjudicará claramente la misión de la Iglesia. Cuando dejamos de sentir la inquietud de ser testigos del amor de Dios con el servicio a los demás, el testimonio se descoloca, porque no abre a las verdaderas perspectivas de la fraternidad y además, por tapar la auténtica fuente del amor, acabará por ser pura filantropía. Conviene, pues, no separar jamás el amor a Dios y el amor a los hombres. Ahí estará la verificación de la autenticidad de la fe.
Si tenemos claro que mi persona y quien vive a mi lado somos hijos de Dios, no sólo no podremos matar al hermano, sino que ni siquiera podremos insultarlo, despreciarlo o ignorarlo. Para el cristiano, nadie puede ser nunca plataforma para su propio medro, sino punto de término de su atención y entrega. Por eso, el cristiano cree que es posible un amor aparentemente «tan cursi y tan retrógrado» que dura «hasta que la muerte nos separe», que para sí quisiera la «progresía» de este mundo. Lo cree al saber que el amor es entrega y no satisfacción propia. Dios nos pide una fe para la vida, que se encarne en las actitudes individuales y colectivas de relación con los otros. Una fe que se refleje en el trabajo, el sentido de la justicia, el compromiso con los débiles, el respeto al hombre, la actitud de diálogo y comprensión, la apertura al amor. Un amor que, al estar centrado en Dios, es capaz de resistir la erosión del tiempo y la carcoma de la desilusión. Una fe que ha de iluminar al mundo dándole sentido y capacidad para aceptar que el hombre deja de ser enemigo del hombre y pasa a ser hermano, alguien en quien confiar, generoso para estar al lado en los apuros y en las alegrías, que siempre estará dispuesto a escuchar, a comprender y a compartir. Con estas ideas tendrá más sentido la Campaña contra el Hambre, que tiene su lugar en estos días.