Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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E s significativo que al relato de las tentaciones siga el de la Transfiguración. Este domingo la Palabra de Dios nos invita a descubrir el rostro divino como rostro de vida y solamente de vida. El rostro transfigurado de Jesucristo es luz que inunda para que nuestra esperanza no decaiga. Contra las apariencias de muerte, nuestro objetivo supremo es vivir en la luz. La misma vida de Cristo tiene, por decirlo de alguna manera, dos caras, una luminosa y otra oscura: cruz y gloria, abajamiento y exaltación, debilidad y poder, fracaso y triunfo. La enseñanza de Jesús a sus discípulos consiste en hacerles aceptar un «paso» obligado: a la gloria desde la cruz, a la luz de la Pascua desde las tinieblas del viernes santo, a la exaltación desde la derrota y la humillación. Admitamos honestamente que a nosotros nos es difícil aceptar este paso. Estamos de acuerdo en el punto final, pero no tanto respecto al camino elegido por Jesús para llegar hasta allí. Tendríamos mejores cosas que proponer... El cristiano debe reconocer tanto en el «transfigurado» como en el «desfigurado» al Hijo de Dios que pide que nos fiemos de él y no dudemos en recorrer su camino, aun con los pasos menos agradables.

Tener fe es vivir la fe, vivir de la fe. La fe no santifica nuestro conformismo y pasividad. La fe nos mueve a construir un mundo más justo, más fraterno, arrumbando el mundo viejo que hemos llenado de injusticia, sufrimiento, desigualdad y mentira. La fe nos lanza a buscar a Dios —el único Absoluto— sin pararnos a adorar a todos los ídolos que en el camino pretenden ser nuestros verdaderos salvadores: el bienestar y el consumo, la paz y la tranquilidad de conciencia que da cerrar los ojos y hacer callar las exigencias evangélicas, la rutina pacífica de unas prácticas religiosas que no transforma nuestra vida... Abrahán se puso en camino. Y nosotros ¿estamos dispuestos a emprender su misma aventura de fe? ¿A tomar parte en la exigente tarea del Evangelio? ¿Queremos, de verdad, ser creyentes? Esta es la llamada que Dios nos hace hoy. Aceptar a Jesús por fe supone hacer su mismo camino. Pedro se encontraba a gusto arriba en el monte, pero Jesús le muestra que, paradójicamente, hay que bajar, ya que su camino pasa por la cumbre de otro monte, el de la cruz. La fe no nos lleva a aislarnos del mundo como en una torre de marfil o en una nube. La fe nos lanza a la vida, a la lucha para sembrar en el mundo los valores del Reino, por los que Jesús vivió, luchó, murió y resucitó. Ojalá sepamos, como Abrahán, echarnos cada día al camino con firmeza. Que la figura de Jesús sea siempre el norte de nuestra ruta.

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