Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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E ste domingo nos presenta al apóstol Tomás, el escéptico, el incrédulo, el modelo de los realistas. Es, como muchos hombres modernos, un pragmático que solo acepta lo que toca, ya que no quiere vivir de ilusiones. Para él, como para muchos, lo seguro es lo mejor. Tomás pone condiciones drásticas para creer en la resurrección: «Si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». Jesús se le ofrece con tierna docilidad: «Tomás, mete tu dedo..., mete tu mano..., no seas incrédulo, sino creyente». Tomás se siente desbordado, porque nunca imaginó que Cristo atendiese un deseo improcedente. Es el peor castigo que se puede dar a quien no quiere creer. La respuesta de Tomás es tan breve como sincera: «Señor mío y Dios mío». Una jaculatoria así solo puede pronunciarse de rodillas. Todos los creyentes hemos agradecido este hermoso y deslumbrante acto de fe.

En este relato encontramos el anuncio y la dicha que se nos prometen: como dice Pedro, no hemos visto al Señor y creemos en él y lo amamos. Tomás exigió tocar al Señor y Jesús accedió a sus pretensiones que parecían absurdas. En que nosotros podamos creer por el testimonio de los testigos directos está nuestra dicha, pero no está nuestra ventaja. Los apóstoles necesitaron creer para ver. Nosotros, que creemos sin haber visto, necesitamos ver para creer. Por eso la transmisión de la fe acontece en la comunidad de creyentes, en la Iglesia. La fe entra por el oído y se consolida en la práctica. Tomás no estaba con el grupo cuando se apareció Jesús el domingo de Pascua; tuvo que ser evangelizado por sus condiscípulos. No llegó a creer hasta que no entró en el grupo. Allí vio al Señor y creyó en Él. La comunidad de creyentes, la Iglesia, es el ámbito de la fe. Por eso se nos bautiza en la fe de la Iglesia., en la que confiesa la Iglesia y en la que vive la Iglesia. Lucas nos describe esta vida de fe de la Iglesia primera: «Los hermanos eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones». Explica que vivían todos unidos, que lo tenían todo en común, que repartían según necesidades. Si la fe solo fuera la formulación intelectual de lo que creemos, eso tendría siempre matices discutibles. La fe es mucho más, es una novedad radical. Más que un conjunto de pruebas o razones, es una nueva vida, una nueva manera de mirar con los ojos y el corazón renovados y marcados por el acontecimiento pascual, que es siempre Misericordia.

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