Diario de León

El baile del ahorcado

No nos queda París

Cristina Fanjul
León

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Se han acabado las ideologías. Lo que mola es la transversalidad, que no es más que el fascismo enmascarado, ya sea de izquierdas o de derechas, un popurrí informe y elemental de simplezas que se dirigen a las tripas del votante y que logran encandilar a los ciudadanos. Y esta nueva manera de entender la política no hace distinciones. Se cuela e inocula sin exclusión en intelectuales, indocumentados, empobrecidos o ricos, clases medias, trabajadoras, cuadros profesionales… da igual. El fascismo tiene una virtud: la misma idea tiene efectos diferentes en según quien la recibe, muta, cambia como un virus. Por eso resulta tan poderoso y es difícil terminar con él. Ante el fascismo, solo cabe la fuerza de la razón, pero la razón está secuestrada por un sistema que se alimenta con voracidad de la corrupción y la nada. La sociedad del bienestar tiene el firme de lodo. El capitalismo ha ido demasiado lejos y se ha convertido en Saturno. No hay límites morales porque la moralidad se considera cosa del pasado, menor, una barrera absurda que la fuerza de lo irremediable no tiene por qué respetar. Todos nos acostumbramos a un sistema en el que el gratis total parecía lo normal, en el que daba igual que los consejos de administración se multiplicaran en cuestión de minutos a miles de euros la sesión, daba igual, igual que las empresas públicas ¿no es eso un imposible metafísico? Todo es compadreo y caciquismo 2.0. Corrupción, al fin y al cabo, corrupción que hizo que miles de estudiantes prefirieran dejar de estudiar para acceder a nóminas ficticias, hinchadas a golpe del infinito urbanístico y de la caja B. Y así seguimos, por la misma senda del ‘quien venga detrás que arree’, sólo que al final no va a haber mulas para tanto barbecho. La última reforma educativa permitirá a los estudiantes obtener el certificado escolar con dos asignaturas suspensas, que es una manera inmunda de perpetuar las clases sociales. Lleva a la náusea pensar en cómo los políticos paniaguados aprueban una ley que condena al desahucio social y cultural a miles de niños. Y en el país de Voltaire, el 40% de los franceses ha votado fascista de izquierda o derecha. Ya ni siquiera nos queda París.

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