Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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E l episodio de Emaús, ejemplo también de catequesis, nos enseña a entender dónde y cómo podemos dejarnos encontrar por Jesús. El evangelista ofrece tres direcciones, válidas para nosotros hoy: a) en la Palabra («Les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?»); b) en la Eucaristía («Se les abrieron los ojos y lo reconocieron... y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan»); y c) en la comunidad («Y se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor»). Nadie como Él había movilizado las esperanzas en Israel, pero la Cruz había las había apagado en totalidad. Los hechos contundentes habían convencido de que no había nada que hacer: «Nosotros esperábamos...». Una esperanza que se perdía por el camino de los recuerdos, de los tristes recuerdos, de los inútiles recuerdos.

Por el camino de Emaús marchamos quienes no esperamos de verdad, como deberíamos haber esperado los discípulos, es decir, con realismo y contra toda esperanza. Quien jamás podrá estar de vuelta es el que ha llegado hasta el extremo del amor y de la muerte, que ha dado la vida y por eso es el Resucitado. Él se hace el encontradizo con los desencantados y los frustrados. Es Él quien entra en conversación, haciéndose el despistado para que hallemos al fin la pista de la esperanza que no defrauda, la clave del sentido de las escrituras y la luz reveladora, cuando hay que partir el pan. Ésta es en efecto la señal: sólo en la fracción del pan, cuando desaparecen los egoísmos, podemos reconocerlo y dejarnos llenar del gozo de saber que vive y está con nosotros. Así se abren los ojos, se calienta el corazón y experimentan que el ocaso de sus mezquinas y pobres expectativas coincide con la aurora de la resurrección. La esperanza de Jesús, a diferencia de las vanas ilusiones egoístas y arribistas de sus discípulos, cuenta con la muerte: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo; pero, si muere, da mucho fruto». La muerte de Jesús era la única salida, como desfiladero de la esperanza y paso obligado, como Pascua. Cuando lo entienden nace en ellos la esperanza que asume la muerte en su camino hacia la plenitud de la vida. Y a partir de la experiencia pascual comprenderán las palabras de Jesús: «El que da la vida, la gana». Desde ese momento el amor ya no tiene límites. Y la esperanza tampoco.

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