Compañía asegurada
E l Señor no quiere alumnos; quiere discípulos que respiren el aura de libertad que Él trajo a la tierra; que sean como fue Él, el Maestro. Que, como Él, digan que hay que irse a los últimos puestos y se vayan; que hay que servir y que sirvan de verdad; que Dios es amor y se lo crean y lo vivan; que hay que perdonar y perdonen sin discriminación alguna; que los pobres, los que sufren, los que no saben, son los preferidos de Dios y que también lo sean para ellos. El Evangelio pretenderá conseguir discípulos de un Maestro que vivió todo cuanto dijo, lo que es fundamental para el cristianismo. Los hombres discutirán las palabras e incluso las ideas, pero no podrán discutir la vida, los hechos, las realidades contantes y sonantes. Los cristianos no seremos eficaces, sobrenaturalmente hablando, si no somos capaces, individual y colectivamente (como Iglesia), de vivir lo que decimos creer. Es fundamental adquirir este estilo de vida como práctica de la fe, para cumplir fielmente el mandato del Señor que este domingo nos recuerda el Evangelio.
Para animar a cumplirlo, el propio Evangelio recoge hoy unas palabras rotundas de Cristo: «Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Es una promesa que deberíamos recordar «todos los días». El que manda a los suyos al mundo para anunciar a un Dios bueno no es ningún muerto ni un gran ausente; es un ser vivo que camina al lado de los suyos, todos los días. Si los cristianos podemos ir al mundo sin miedo y sin complejos es porque sabemos que no vamos solos, que junto a nosotros está realmente el Maestro, tan realmente como estaba con aquellos once que le oían sus últimas palabras sobre la tierra. Nuestra fuerza radicará en creer y vivir esto. Es muy posible que, al meternos en el mundo, nos aceche la tentación de abandonar el intento y refugiarnos en nuestras seguridades para huir de la responsabilidad o superar el desaliento o la impotencia. Aunque nos domine el miedo, nada podrá con nosotros, si estamos convencidos de que Jesús cumple la promesa hecha, si creemos que, a nuestro lado, participando de nuestras dudas, decisiones, avances y retrocesos, sigue Cristo vivo.
La fiesta de la Ascensión nos sirve para ver cómo cumplimos el mandato de ir al mundo y salir de nosotros y de nuestra cómoda indiferencia; para pensar cómo estamos cumpliendo el mandato de Cristo y si vivimos junto a los hombres con el estilo y los valores que Él nos enseñó. Un día para valorar si estamos convencidos de tener en la mano la mejor solución para el mundo, que sería radicalmente diferente si acogiera el mensaje del Señor fundado en la seguridad de que Dios es Padre y todos los hombres somos hermanos. Nuestro mundo, a pesar de sus ampulosas declaraciones, está hambriento de un testimonio que le lleve el eco de Cristo y le haga reaccionar ante tanta promesa incumplida y tanto deseo insatisfecho.