Trigo y cizaña
E l bien y el mal crecen juntos desde que el hombre es hombre; el relato de Adán y Eva nos enseña cómo el mal surge con el primer hombre, que en un momento dado rompe la armonía entre él y Dios, dejando así marcada la marcha de la historia de la humanidad. Es ésta una cuestión compleja, pero lo que no tiene nada de complejo es el constatar día a día que, en efecto, el bien y el mal crecen juntos y conviven. La parábola del trigo y la cizaña cuenta con esa realidad, pero no se queda en ella, ya que la intención de las parábolas no es la de limitarse a constatar unos hechos; Jesús cuenta esta historia para explicar a qué se parece el Reino de los Cielos. Al hilo de la parábola también podemos plantearnos este interrogante: ¿por qué estamos tan seguros de que el bien se identifica plena y perfectamente con unas personas y el mal con otras? ¿No es más cierto que, en el fondo, no es que buenos y malos estén mezclados, sino que el bien y el mal andan a la greña en el corazón y en la vida de todos y cada uno de los seres humanos? Otra cosa será de qué lado se inclina la balanza en cada persona. Pero lo que es evidente es que todos hemos tenido en la vida momentos en los que, como diría Pablo, hemos visto y aprobado el bien, pero luego hemos obrado el mal.
La parábola refleja la situación de la humanidad con un criterio realista y maduro: la historia está tejida de luz y de sombras. Precisamente el Reino de Dios penetra en este mundo sin prisa por condenar a nadie. Si el Reino aporta vida a los hombres, también existe un principio de muerte que provoca odio, guerras, inmoralidad, falta de comunicación... Todo cristiano, pues, debe partir de evitar un espíritu sectario y pasar a comprender al mundo tal cual es. Más aún, nadie tiene derecho a sentirse «de la parte salvada», despreciando o condenando a los otros. La superación del espíritu fanático e intransigente y de todo triunfalismo nos lleva al núcleo de la cuestión: cada uno de nosotros somos ese campo en el que crecen, simultáneamente, el trigo y la cizaña. La aparición de la cizaña es algo que no debe sorprendernos: también el mal forma parte de la experiencia humana. En la antigüedad se interpretaba como fruto de la obra del Diablo; hoy, sin entrar en discusiones sobre este punto, podemos afirmar que el mal es, valga la redundancia, «un mal necesario» de la condición humana. Por el solo hecho de ser hombres y, por lo tanto, limitados y en constante crecimiento, tenemos la capacidad para descubrir nuestra cuota de imperfección y de pecado. Si en alguna época se pudo pensar que el mal era una anormalidad, hoy podríamos decir que la persona que se cree absolutamente buena adolece, sin duda alguna, de cierta anormalidad psíquica; sólo un enfermo mental puede sostener tal cosa. El Reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna. Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio «fermente» nuestro estilo de ser, de vivir, de amar, de trabajar, de disfrutar y de luchar.