Diario de León
Publicado por
pEDRO TRAPIELLO
León

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Murió todo lo que estaba al ras, siguió viviendo lo bien enterrado y el paisaje se vistió de un luto riguroso que ha de durar uno o dos años hasta que le venga el alivio y vaya intercalando nuevos verdes sobre el negro tizón y ceniza que es hoy el vestido de viuda de esas cuestas alomadas que ardieron hasta la espalda misma de Everest, la editorial que también ardió financieramente hace poco y no le salieron novias ni bomberos.

Ola de fuego... ¿purificador?...

Desde las ventanas altas del Diario se alcanza a ver algo de las hectáreas arrasadas por el incendio en todo el derredor del matadero. Ardió todo lo vegetal, tan seco, y hasta linderos de seto verde y frutal, tan regado... roblitos, matas, tres buenos castaños, espinos, chopos, escobas... todo.

Al día siguiente persistía el fuerte olor de la chamusquina con el agrio de la arcilla cocida y aún humeaba algún tocón. Desaparacida la vegetación que lo disimulaba, el sudario negro de esas fincas deja ahora al aire la siembra de latas, cascote y basura que parecen inherentes a los solares de arrabal en dejadez. Es la fealdad de un paisaje que en los años 60 empezó a atropellar la invasión no ordenada de chalets, naves, fabriquinas de algo y mucha tienda-almacén mezcándose entre sí, ese barullo que no hace bien a nadie. Hasta entonces eran viñas, centenos, fincas sueltas... y en medio, una carretera a La Virgen escoltada por dos hileras de acacias añosas y moñudas, de aquellas de ¡bendita sombra!

Nota: tras el quemón, el lugar llamó a convite; unas treinta rapaces (ratoneros, milanos, cernícalos) oteaban en círculos la gran parrillada de la que ya daba cuenta en lo menudo una larga corte de urracas (pega, pegarata, picaza, pigazo o putapega) jalando insectos a la brasa (no, brûlées, dice uno que lee gastronomía de suplemento)... y las rapaces a los ratones, topillos, lagartos o gazapos de la creciente colonia conejera de este paraje. Así se pasaron tres días. Después, ni un ave, ahí ya no queda nada para ellas, tardarán en volverse a ver. Y la cosa pareció un capítulo del National Geographic, ¡aquí, en la ciudad!... pero trágico, deprimente.

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