CORNADA DE LOBO
Irse de casa
Me la tendrá jurada el lector por atorrarle con el catapún catalán tres semanas seguidas. No salgo de ese temblor, lo lamento, pero aún insistiré si la tripa sigue ahorcando al corazón y hace ruido irritante este episodio nacional inédito, grave y desquiciado, aunque habrá que ir aflojando, irá para largo la cosa y ningún lector merece las obsesiones de nadie (y menos aún las que sigan viniendo con subtítulos en los telediarios).
Pero la gravedad persiste y atrapa la atención («ahora con los Jordis tienen dos Mandelas por el precio de uno»). Aunque mires a otra parte o busques alguna distracción, cada poco hay que volver los ojos al susto o al regate que se improvisa cada día cebando este delirante novelón que nos recuerda la tragedia que sobrevenía en tantos hogares donde el hijo mayor se rebelaba, amenazaba con irse de casa y, al final, acababa yéndose entre maldición paterna y llanto materno sin tener más salida o porvenir que alejarse de la cárcel familiar. Ya volverás, cabrón, se oía tras el portazo, ya te entrará el hambre... y entonces... No eran modos y la tragedia abría una brecha que jamás cicatrizaría. Esos desplantes bravos humillan y no se olvidan. Así ahora.
En resumen, media Cataluña quiere irse de casa y ese no es todo el drama. Quiere llevarse con ella a su gemela, la otra mitad, que clava en vano los talones al suelo para frenar el arrastre. El disparate es tan evidente, que Barcelona y Madrid (por ceñir lo «capital») tendrán que aceptar al fin que hay que preguntar antes a las dos criaturas y no sólo escuchar a la que más berra y tiene tele, altavoces o el relato victimista del sublevado justiciero. Es decir, habrá referéndum como hay Dios con vicario en Roma y Montserrat.
Recuerdo haber rezado hace años aquí (columna tipo Simeón el Estilita) para que se hiciera de una vez el picudo refrendo catalán despejando así el pleito por un tiempo, ya que entonces el independentismo apenas alcanzaba un robusto 40 % y su derrota iba cantada. Cuando ahora tengan que hacerlo, seguramente lo ganarán... y entonces Puigdemont, en la cárcel aún, tendrá un orgasmo... y una estatua.