EL BAILE DEL AHORCADO
El tambor de hojalata
Demasiado ruido about nothing , como en la comedia de Shakespeare, eso es lo que nos toca vivir estos días inciertos, en los que hay tanta tramoya que ni siquiera se ve el escenario. Todo, tanto bullicio, para nada. Para nada. Es como un aquelarre sin éxtasis final, como una catarsis en la que se muestra la luz a la chusma para luego regresar sin más a la oscuridad. Podría estar hablando de Cataluña, pero no. Ayer, detrás de los juegos de ilusionismo que los ricos del Ibex no supieron encauzar a tiempo, detrás de todo ese juego de patriotas atrapados en un tiempo que no logra avanzar —como el niño del El tambor de hojalata que decidió no crecer más— se perdió la representación de la Comisión de las Cajas, ese otro juego en el que los negocios se travistieron detrás de las banderas, en este caso la del bien común.
Las cajas de ahorro fueron el exponente más aberrante de hasta dónde puede llegar el vicio y el fraude cuando se disfraza de bien común. Consejos de administración estratosféricos, gastos de representación, dietas, créditos sin red firmados por políticos que ahora se rasgan vestiduras en Madrid... una socialización del gasto basada en el pillaje de la que, gracias al pacto del PP y el PSOE, nunca sabremos nada aunque conozcamos demasiado. Nueve meses de duración para una investigación en la que hay que desencriptar miles de documentos es una broma; nueve meses para lograr que declaren todos los que tienen algo que decir es una comisión que nace muerta. El rodillo que imponen los protagonistas ha sellado el lacre con la ley del silencio. Lo decía el otro día un alto cargo de la provincia: «No tengo cargos para tantos»... Nada cambiará a este lado de España. Una población envejecida da poca guerra: paseos al sol y poco más. Nada pasa a este lado de España, como si no existiera. Ni Perla Negra, ni Gesturcal, ni trama eólica, ni nada. La corrupción que se incuba en una comunidad que no existe es invisible, un imposible metafísico. Nada.