EL BAILE DEL AHORCADO
El hastío del terror
Al final, resultó que Bin Laden coleccionaba porno. Era a lo que se dedicaba en las tediosas horas en las que dejaba pasar la vida tras acabar con la de miles de personas. Conmovedor. Esto termina con la teoría de la conspiración, esa que asegura que el jefe talibán, como antes Hitler, no murió aquella noche reportada por la famosa imagen de Obama junto a Hillary Clinton. Es imposible que algo así no sea cierto. Bin Laden se entretenía con películas subidas de tono, y con Dreamworks, Antz, la película de animación sobre las hormigas, esa especie cuyos integrantes actúan como si estuvieran conducidos por una voluntad común, esa en la que cualquier brote de individualismo no es más que una fábula. Al final, el temible líder saudí se entretenía con el ocio del Gran Satán. Quien controla los sueños, controla el mundo, dicen en Hollywood, y ya ven, ahí estaba el mayor villano de todos los tiempos pasando el rato junto a sus nietos mientras comía palomitas y veía La edad de hielo.
Todo esto demuestra varias cosas. Demuestra que no hay nada peor que el aburrimiento a no ser que tengas tres años y te sirva para fomentar la creación. Bin Laden ya estaba mayor y la abulia sólo le llegaba para azuzar la llegada de la muerte: apenas 54 años y parecía un anciano, como uno de esos hombres encorvados, con chilaba y barba rala, que te cruzas a la salida de una botica en el zoco de Marrakech. En una de las imágenes aparece enseñando a dos niños a manejar una escopeta de aire comprimido y es un viejo, tanto que apenas puedes creer que sea él, ese que en los ochenta celebraba cumpleaños en el Incosol de Marbella.
Así que porno y Disney, la vida de un hombre cualquiera, de cualquier hombre común, de un hombre sin vocación intelectual ni vital, la vida de un hombre que espera, que ya sabe que las ‘gestas’ pasaron y por eso se dedica a visionar de manera voraz los documentales que sobre él una vez retransmitieron la Fox y la CNN. Demasiado normal, demasiado ordinario para ser el asesino de tantos, un epílogo sin épica para una vida breve; la cotidianeidad del horror, el hastío...