CORNADA DE LOBO
Luteranos
Maldiciendo a los luteranos nos educaron mamando ese odio santo ya en la escuela «nacional», aunque en la privada la inquina era aún mayor y hasta rezaban por su conversión para que Dios no trajera más males al mundo por su culpa, porque los protestantes eran malííííísimos, herejes fieros de fe pervertida regodeándose en el error, materia de la que está hecha la puerta de infierno, gente de lo peor... y más aquí, en esta tierra cazurra, levítica, parroquiana y pendonera... apenas se veían, eran marginales (salvo en Toral de los Guzmanes, donde llevan ganándose el respeto siglo y medio), no se les miraba bien y, sin embargo, a quienes fui conociendo les adornaba por lo común más actitud cristiana que a mucha tropa de católicas de veras comiéndose a Dios por las patas o con besito babado si es rollizo niñito Jesús en su cunita-pesebre... y lo admirable: razonaban su fe ante la fe ciega o farisea de una España que aún hoy se limita o se conforma con verla demostrada desde un púlpito a voces o en la calle a cornetazos y procesiones... y leían la Biblia, qué tipos tan raros, precisando las citas o salmos al tenerla requeteleída.
Leer la Biblia nos estaba prohibido a los bachilleres entonces, salvo asistidos por un director espiritual: ven, hijo mío, vamos a leer juntos el Cantar de los Cantares, versos para la amada, son del rey Salomón que tuvo setecientas esposas de sangre real y trescientas concubinas... pero no te fijes en lo que está haciendo el rey David con la mujer del general Urías al que mandó a la guerra a criar cuernos.
Hace 500 años justos, ya descubiertas la imprenta y América, un tipo de gran cabeza teológica clavó un «bando» en la puerta de una iglesia alemana y con ello abrió los ojos a media Europa para entender de otra forma el cristianismo frente a la corrupción y degeneración lujosa de la iglesia de Roma. El clavador tenía 34 años, era Martín Lutero, un anticristo excomulgado finalmente por Roma... ¡y casado con una monja!, aspecto este que excitaba la sorna maliciosa del fray que nos lo contaba en clase (ya, pero con Lutero se fue la mitad de la parroquia).