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«Un hombre no se hace padre porque le haga un hijo a una mujer»

‘¿Por qué mi hijo tiene problemas?’, de la psicóloga Mª Dolores Navarro, cierra hoy el ciclo Tertulias, Pensamiento y Psicoanálisis.

María Dolores Navarro es psicóloga clínica y psicoanalista. RAMIRO

María Dolores Navarro es psicóloga clínica y psicoanalista. RAMIRO

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ana gaitero | león

Niños que no hablan cuando ya deberían hacerlo, dificultades con la alimentación o con el control de esfínteres, problemas de comportamiento, problemas de relación, timidez, alteraciones del sueño, hiperactividad, cuadros ansiosos o depresivos… y problemas académicos en escolares con buen nivel intelectual frecuentan las consultas de psicología.

Sobre estos temas y sobre problemas más graves como el autismo, la psicosis, la depresión, los «síntomas», habla hoy la psicóloga y psicoanalista leonesa María Dolores Navarro en el salón de actos del Ayuntamiento de León (entrada por Alfonso V) a partir de las 19.00 horas dentro del ciclo Tertulias, Pensamiento y Psicoanálisis que organizan el Colegio de Psicología de Castilla y León.

La pregunta de ¿Por qué mi hijo tiene problemas? que se hacen tantas madres y padres a veces tiene una respuesta sencilla: «Son cosas que tienen que ver con el desarrollo evolutivo y que desaparecerán sin intervención alguna», apostilla.

En otras ocasiones, sin embargo, los síntomas son «puntas de iceberg que ocultan problemas de mayor o menor importancia que será necesario abordar con la ayuda de un profesional». En estos casos, actuar a tiempo es crucial, advierte.

La psicóloga explica que el recorrido de un ser humano empieza mucho antes de su nacimiento e incluso de ser concebido y las «características que el futuro hombre o la futura mujer lleguen a tener dependerán de los avatares de este recorrido» que es una sucesión de pérdidas y duelos.

El deseo de tener un hijo es el punto de partida de la existencia. «Ese deseo hará la función de regazo simbólico que le acogerá y también le marcará. A veces, este deseo previo está condensado en el nombre que los padres eligen para él», apostilla.

Entre madre e hijo se establece desde el nacimiento una «intensa relación de amor mutua absolutamente necesaria para el correcto desarrollo psíquico del bebé, que permitirá la estructuración de la imagen del cuerpo y la diferenciación entre sí mismo y el otro», explica.

La presencia de la madre será tan importante como la ausencia, aclara María Dolores Navarro, porque «la ausencia de la madre es la fundadora del deseo y del acceso a lo simbólico». Es el momento en que la función paterna entra en juego. «También es sumamente importante ya que un hombre no se hace padre porque le haga un hijo a una mujer sino porque esta mujer lo reconozca capaz de responder de este acto ante un hijo», subraya.

EL ORIGEN DE LOS PROBLEMAS

La figura del padre evita «la excesiva simbiosis entre madre e hijo, establece los límites y es una especie de representante de la ley». Más allá del papel de prohibidor y limitador, «también tendrá que dar cuenta ante el hijo de su consistencia, de que posee algo que interesa a la madre. Un padre es merecedor de respeto y amor, según palabras de Lacan, cuando hace de una mujer la causa de su deseo», recalca.

La infancia no es una etapa uniforme ni mansa. La psicóloga defiende que problemas tan graves como la psicosis, el autismo, los déficits de lenguaje y de acceso a lo simbólico, futuras depresiones y melancolías y desórdones pulsionales están relacionadas con las «fallas en el deseo de los padres, la función materna y la función paterna».

Las circunstancias traumatizantes que pueden surgir a lo largo de la vida «tendrán repercusiones diferentes según ocurran en un tiempo u otro del desarrollo del niño», agrega. La repercusión en su estructuración psíquica es inevitable, «pero será decisiva la manera en que se aborden con relación al niño», matiza. Hablar sin mentiras ni ocultamientos «será de agran ayuda».

La psicóloga defiende que el buen desarrollo de los tiempos de la infancia pasa porque los adultos porque «los adultos que le rodean no dependan del niño, que este nunca pierda su lugar de niño y que no sea tomado por uno de los progenitores como sustituto de sus propias carencias». Las personas adultas tienen que asumir el lugar que les corresponde. En este sentido alerta de que «el síntoma de un niño, está siempre interrelacionado con el síntoma de los padres» y «ningún análisis de lo infantil es posible sin los padres».

La intervención profesional que a veces rechazan padres y madres se debe, en opinión de María Dolores Navarro, a que «si se toca el síntoma del niño se corre el riesgo de dejar al descubierto aquello que calmaba o alimentaba la ansiedad del adulto».

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