Diario de León
Publicado por
GARCÍA TRAPIELLO
León

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El juez Emilio Calatayud, fenómeno mediático por la llaneza con que riza sus interpretaciones legales y unas sentencias que buscan lo comprensible aun pisando líneas rojas, dijo hace un tiempo que «las niñas actualmente se hacen fotos como putas para colgarlas después en la red». Lo dijo, supongo, porque hay buscones o tarados que entienden ese atrevido mostrarse como invitación a una cacería al ojeo... y el ciberacoso (o lo peor) viene acto seguido. Esta crudeza del juez la mangó parda en las redes y, por ir él sin red, le cayó la del pulpo.

¿Tan equivocado estaba?...

La ropa es nuestro lenguaje para hablar de lejos. Y a bocajarro. Y cuando uno habla, cosas dice, así que no decimos lo mismo yendo en chándal que en bragas, en traje que en niki, con ropa de marca que de los chinos... y así tenemos ropa que susurra, que parlotea o que grita según sea la gente discreta, parlanchina o altisonante.

La ropa nació siendo pieles por culpa del frío, pero allá donde el sol es alimento la ropa sobra y se redujo a mero taparrabos, al que en pura ley hay que llamar también tapacoños por visualizar y honrar a la otra parte evitándome reproches; y allí donde el sol y el frío reparten rigores, se aprendió a tejer fibras y lanas para combatirlos, así que al poco fueron llegando las telas y los gorros y las prendas y colores y avalorios y ropones teatrales para distinguirse los jefes de los vasallos, los sacerdotes del rebaño y los pudientes de los pobres de jubón o harapo.

En esta manía seguimos. Y la multiplicamos hasta aburrir porque el consumismo, «esa conquista social», hace teatro del vestir para que hoy la ropa discreta grite pidiendo los colores más chillones, la ropa vulgar sea verborrea y la ropa altanera vocee sin pudor su lujo caro o extravagante... logrando entre las tres convertir las calles en un perpetuo ruido para los ojos.

Así muere la verdadera elegancia, esa que nunca llama la atención, al contrario de la ropa gritona que exige ojos y reojos, eh, miradme, admiradme, envidiadme... y ahí acude encantada la mirada del macho sobón o violador que sólo tiene ojos en los dedos.

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