Diario de León
Publicado por
GARCÍA TRAPIELLO
León

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Mientras esta vida siga alentando los modos cómodos que se hacen fiesta en la Gran Plaza para salir de ella por la bocacalle de Las Soledades, no nos escalofriará lo bastante el triste hecho de que mucha gente mayor tenga que morir sola en su casa sin que nadie se entere, unos ochenta al año tan solo en esta ciudad de León, ha dicho Martín Muñoz, que deja la policía municipal después de treinta años de jefe... ¡ochenta abuelos y abuelas a los que nadie acompañó en el último suspiro!... incluso pueden pasar días o semanas en algunos casos hasta que alguien se percate... es lo más triste que hay... así que al buen Martín le sobra razón para pedir una «fiscalía de mayores ya», su desamparo no es menor que el de los menores, por no decir mayor... entonces, ¿cuánta gente morirá así en Madrid o Nueva York?... ¿y en estos pueblos tan ancianos y tan despoblados?... bueno, en los pueblos quizá sea más fácil enterarse o preguntarse «qué le estará pasando al probe Miguel que hace mucho tiempo que no sale».

Morirse sin que nadie lo sepa o esté al lado es un morir de perros, indeseable fin (el perro suelto, cuando se «echa a morir», busca rincón escondido o distancia). Y pese a ser cierto que ante la muerte uno está siempre solo, irremediablemente, alivia encararla en alguna compañía con el tacto de una mano familiar, el aliento de un consuelo amigo y hasta el viejo rosario musitado por alguna mujer que busca alfombrar así el tránsito del agonizante a los divinos candelorios.

Dicen que la muerte solitaria es propia de estas sociedades prósperas con familia dispersa en las que se puede vivir autónomamente hasta edades avanzadas, pero es mentira, pues en Dinamarca no muere tanta gente sola como aquí, sin eco, y eso es por tener leyes y servicios públicos de asistencia a esa población solitaria, algo que aquí nos prometíamos si no se hubieran desollado los dineros de esa «dependencia» a la que tantos asquitos hacen los populares sólo porque se le ocurrió a Zapatero ponerla en marcha... y un temor: dejarles morir como perros nos hace merecer su misma suerte.

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