Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

Un ministerio para Soledad

Cristina Fanjul
León

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Ester era costurera. Venía a mi casa dos veces a la semana para resolver dobladillos, botones, faldas de mesa camilla, cortinas, los irremediables disfraces infantiles, y, sobre todo, para olvidar que estaba sola.

A mí me regalaba bolsitos de niña, pequeños cofres cosidos con restos de telas que yo recibía con la alegría de antes, cuando la sociedad aún era capaz de mantener la infancia al amparo de la pornografía consumista.

El tiempo ha borrado sus facciones, pero me acuerdo de su olor, a ajo, aunque de eso me enteré cuando ya había muerto, cuando, años después de haber sido olvidada y recordada de nuevo, mi madre me contó que hay personas que no comen tres veces al día, ni siquiera dos, que el frío no es sólo cuestión de energía, que la miseria no se cuenta tanto en términos económicos como en la cantidad de días de soledad que puedes ir bordando al paisaje de una vida.

Un día, la artrosis la apartó de la vieja Singer sobre la que juntaba hilos para sobrevivir y en lugar de dos veces a la semana comenzó a venir uno. Llegaba a las cuatro y se iba después de cenar. La oíamos despedirse de mi madre en el hall y ese «adiós» construido de tristeza, gratitud y vergüenza era el interruptor de nuestros sueños.

Una semana, simplemente, dejó de venir. A veces me imagino el día que, tras despedirse, decidió que su soledad no daba para más, en qué pensaría al darse cuenta de que su desaparición no cambiaría nada, que no habría nadie —salvo unos desconocidos que le prestaban una sombra de la vida que nunca tendría— que la echara de menos.

Me dice R, que sabe de lo que habla, que hace falta un ministerio de la Soledad. A Ester la encontraron muerta en su casa, una escena que entonces estremecía y que hoy leemos con indiferencia, casi con tedio. Somos el único animal que no se compadece de sí mismo.

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