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GARCÍA TRAPIELLO
León

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A Tomás le van a operar de un tumor cerebral y antes de entrar en capilla repasa en confuso torbellino una vida que se le agolpa urgida como queriendo verlo todo a la vez al pie de una tumba abierta. Y sin orden, c’est la vie. Entreteje ecos bachilleres, luces postreras o lirios de pubertad con cartas a la madre, reflexiones de su oficio de educador o descripciones del paisaje humano y magrebí en una ciudad que fisga con mil ojos, pues los últimos quince meses de su destino educador, así como el hospital donde lidiarán con bisturí el morlaco que se ha colado en su ruedo cerebral, se ubican en Alhucemas («al-hoceima», espliego), vieja plaza del protectorado que un día tuvo España en Marruecos... «salam Aleikum» (malicón selá, contesta el pícaro).

La religión, las aulas, la carne, el diablo, el mundo, las íntimas confesiones, los desengaños, el sarcasmo fino, losmoros o los amores desleídos van desfilando en trenza por una narración en la que Tomás tiene mucho, o todo, de Venancio Iglesias, autor fecundo de estas capitulaciones con el título «La ciudad de los mil ojos», última novela que ha presentado en Olleros -cuna de Venancio- y León, estación término de tantas cosas y estación de ida sin vuelta para tantos.... novela escrita hace ya un tiempo que durmió inexplicablemente siendo un alarde literario (mosaico de mil teselas y pura taracea) que mereció algo más que estar entre las finalistas del premio Planeta, aunque aquel año ya estaba decidido que lo ganara Antonio Gala con «El manuscrito carmesí» y Sánchez Dragó de finalista, muro imbatible en la comercalidad que dicta esta editorial.

Y le dijimos al autor que la talla literaria de este texto tiene algo «malo»: le obliga a culminarlo con una secuela, tenida cuenta además que la fatalidad clínica de Tomás parecía premonición de lo que recién le sucedió a Venancio, derrame trallazo que le postró zancadilleándole algo el hablar, no el vertiginoso pensar del que hace gala y que ahora hará aún más veraz una nueva joya que el lector ya demanda. Hoy los mil ojos son los nuestros y se posan en él esperándole.

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