Diario de León

El baile del ahorcado

Yo no me confieso

Cristina Fanjul
León

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La sofisticación de la sociedad hace que todos seamos extranjeros. Incluso para nosotros mismos. La civilización nos ha obligado a hacernos responsables de nuestras propias elecciones, a no esperar a que alguien o algo nos diga qué decisión tomar en cada momento y a asumir las consecuencias sin esperar gratificaciones por la aflicción que éstas nos provocan. En suma, nos fuerza a ser incomprensibles para el resto, a elaborar nuestro propio decálogo moralis con el que abrirnos paso en un lugar cada vez más difícil de asimilar. El cambio de era en el que estamos nos lleva a mirar hacia atrás, como Sara al huir de Sodoma. Debemos avanzar, pero esta aventura hacia la salvación nos obliga a olvidar demasiado, a mirar de frente sin remordimientos. Esto no va de superhombres, pero casi.

En eso se les nota a los partidos políticos que son viejos: tratan de incorporar la moral a sus programas electorales y a sus decisiones de partido. Intentan inmiscuirse en la relación con nuestro yo más desconocido como antes lo hacían los obispos, sin tener en cuenta que la característica esencial del mundo en el que nos movemos es la soledad. Nadie nos pedirá cuentas y no hay nada más terrible.

Creen que su deber es ayudarnos en un dilema existencial para el que no hay solución posible. En sus programas siguen protegiéndonos de nosotros mismos, con decálogos en los que en lugar de subir al Sinaí nos obligan a la lectura de su programa electoral. Gestación subrogada, eutanasia, prostitución, aborto... su capacidad para pensar, sentir y decidir por nosotros es abracadabrante, como su estilo.

Pensar que deben protegernos de nuestra capacidad para pecar no es la mejor manera de poner rostro al futuro, y demuestra el miedo que la mayoría de ellos tiene a que la ciudadanía practique su responsabilidad en libertad. Yo no me confieso, así que tampoco estoy dispuesta a que me obliguen a acatar su concepto de moralidad. Y nadie debería permitirlo. La intemperie es el signo de los nuevos tiempos. Ese es el nuevo contrato social.

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