Como unos señores
N o he olvidado aquella frase de quien fue mi párroco hace años: «Dios no quiere que seamos sus súbditos; quiere que seamos señores de nosotros mismos». Chocante con muchos de nuestros criterios presuntamente cristianos. La Palabra de Dios de este domingo enriquece esta misma idea con diversas variaciones. Si el Señor es la parte de mi herencia (¡Dios mismo es el lote que me ha tocado en suerte!) y mi vida está en su mano, sólo habrá sitio en mí para la alegría desbordante («saciarme de gozo») (Salmo). Y es que, efectivamente, Dios se mete en nuestra vida para que vivamos en libertad, actuemos con criterios sanos (los del Espíritu) y orientemos nuestras capacidades soberanas a beneficiar a los otros. Con palabras de San Pablo, «sed esclavos unos de otros por amor» (II Lectura).
Por otra parte, vivir de este modo, en señorío de uno mismo, tendrá que producirse y entenderse dentro de la realidad histórica en que cada uno vive. En ella, como en el relato de las relaciones entre Elías y Eliseo, hay nombres propios que son «mediaciones» de Dios, hay situaciones y signos que hacen pensar, habrá decisiones que no deberán dejar heridas detrás (I Lectura). Los discípulos de hoy, agraciados con una nueva condición, nunca podremos pedir fuego destructor sobre los que estorben, ni doblegarnos ante criterios terrenales por sanos que parezcan, ni sentir la nostalgia de quien, a pesar de tener ya la mano puesta en el arado, todavía mira hacia atrás (Evangelio).
Lo nuestro será un seguimiento señorial: libre y gozoso y futurista y solidario.