«Enséñanos a orar»
H oy el Evangelio nos da pistas básicas para la vida de oración (Lc 11,1-13). Lo primero es ponerse a orar. La oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Como la amistad y el amor. No se trata de recibir clases magistrales sino de vivir experiencias fundamentales. En esto la práctica es primordial. Antes de dar lecciones sobre la oración, a Jesús lo encontramos orando: «Una vez que estaba Jesús orando...» (Lc 11,1). Jesús oraba, los discípulos lo veían y se daban cuenta de que la profundidad de su vida y de sus palabras tenía su fuente en la relación que mantenía con el Padre y el Espíritu. Admirados por su ejemplo, le pidieron: «¡Señor, enséñanos a orar!» Este debería ser para nosotros el primer paso: pedirle a Dios un espíritu orante y recurrir a quien puede enseñarnos a orar. La oración de Jesús no es sólo una forma común de orar, sino también una catequesis según la cual podemos orar como Él, en el espíritu del Evangelio. Nos dirigimos al Padre con confianza; queremos que su nombre sea santificado; buscamos por encima de todo el Reino de Dios y su justicia, el cumplimiento de su voluntad; pedimos lo necesario para vivir, el pan, confiando en su providencia; pedimos lo necesario para convivir, el perdón, como hijos que precisan ser perdonados y hermanos que necesitan perdonar; vigilamos ante la tentación y el mal que nos acechan. La oración de Jesús es un esquema para nuestras oraciones, incluye todas nuestras peticiones y plegarias, es la oración modelo: «Cuando oréis decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino,...’» (Le 11,2-4). La falta de vida de oración es síntoma de crisis religiosa. Recuperar la oración, tanto personal como comunitaria, es prioritario en nuestra Iglesia. Su actividad misionera y compromiso social desligados del sustento orante corren el peligro de degenerar. Sin la escucha atenta de la Palabra, sin descanso a los pies del Maestro, es grande el riesgo de perder el norte de la propia vida y de la verdadera vocación cristiana.