LA HERMOSURA ÚNICA DEL VALLE DE LOS TEMPLOS

Viajo por la costa sur, mediterránea, de Sicilia, camino de Agrigento, hacia la mitad del trayecto por señalar un punto de referencia. Un paisaje de almendros, olivos y pistachos, que tienen por aquí fama de excelencia. Se añaden a los gozos en algunos momentos las habituales palomas de blancura impoluta, seguramente anunciando la presencia de los dioses. O los escenarios de la ciudad imaginaria siciliana de Vigàta de algunas obras de Andrea Camilleri, que nació aquí al lado, donde los dioses se dan cita, en Porto Empedocle, igual que Luigi Pirandello, que tiene Casa-Museo. Agrigento no ofrece muchas sorpresas, es verdad, pero sí rincones curiosos, calles empedradas, fachadas floridas, plazas con encanto, como la que lleva nombre y recuerdo del Premio Nobel de Literatura. Anoto el valor del Museo Arqueológico Regional, rico y esclarecedor, sobre todo teniendo en cuenta el contexto histórico y monumental que un día fue escenario de la divinidad.
Una visita a la isla italiana, sin embargo, tiene aquí una cita obligada, imprescindible. A muy pocos kilómetros de la ciudad se levantó la antigua Akragas, «la más bella ciudad de los mortales», según Píndaro, que, como Empédocles, vivió por estos lares. Hablan de una ciudad –estamos refiriéndonos especialmente a siglo V a. C.— a la altura de Atenas y Siracusa, que llegó a tener 200.000 habitantes, punto estratégico por la cercanía tanto de aliados como de enemigos, con el mar de fondo. Aunque hoy se van descubriendo casas, barrios, teatros…, lo más sustantivo es que al final de aquella ciudad estaba el llamado, y con cuánta razón, Valle de los Templos, el punto neurálgico y felizmente inevitable del viaje.
Llegué al atardecer. El paisaje, realmente idílico, adquiere prestancia en el crepúsculo. El silencio y la soledad de la hora creaban una atmósfera difícil de describir. Lo divino y toda la mitología que lo circunda tienen siempre la fortaleza irresistible para atrapar. Y así ocurrió, definitiva e intensamente, al día siguiente, dedicado íntegramente a recorrer con lentitud este itinerario.
El Valle de los Templos es el conjunto de templos griegos mejor conservado del mundo y el único en que se presentan alineados, en un recorrido hoy de unos dos kilómetros. Aunque desiguales, nada puede perderse. Todo es recogido y sobrecogedor en este Olimpo local asentado en las colinas del valle que pareciera acercar aquí la presencia de los dioses, pero también del poder, fortalecido, según los griegos, por el mayor número de templos. Hasta veinte llegó a tener, me dicen, lo que habla de la fuerte vinculación de la ciudad con las alturas. Tienen en común la construcción con piedra caliza de la zona y su característico color rosado, forma rectangular y robusta, siguiendo la línea clásica de estilo dórico.
Irá comprobando todo durante el itinerario. Sintiendo y evocando. En el templo de Juno, en cuya explanada delantera hay restos de un altar y escalones. En el de la Concordia, sobre todo, ejemplo de armonía y paz que relaja, el equilibrio de la belleza clásica, icono, por ello, sin duda, del valle. Es de los pocos en que se conservan las habitaciones interiores intactas, lo que nos habla de su buen estado de conservación, debida en buena parte al hecho de que fuera utilizado como iglesia cristiana a finales del siglo VI. El más antiguo de todos ellos (siglo VI a. C.) es el de Hércules. Y el más grande del antiguo occidente griego, uno de los templos dóricos más hermosos e imponentes de su época, el de Zeus. En la parte anterior son visibles restos de un altar monumental con escalinata. A pesar del maltrato que sufrió por parte de los cartagineses, el de Pólux y Cástor es de una sencillez que lo dignifica y embellece.
Ante tanta belleza acumulada en este Patrimonio de la Humanidad le surgirán multitud de adivinaciones e incógnitas. Asunto de especialistas que no cesan en sus investigaciones. Le llegarán también seguramente cuando contemple los telamones, que los griegos llamaron atlantes, evocando el mito de la fatiga de Atlante obligado por Zeus a sostener la gran bóveda celeste. Hay muchas interpretaciones, no pocas mitológicas, aunque la razón es que se trata de elementos arquitectónicos: una estructura varonil que hace papel de columna o sujeción de otros elementos, caso de las cornisas. Si se quiere ver uno auténtico, no copia como es el caso, el Museo Arqueológico Regional de Agrigento. Es impresionante el que, en posición vertical, preside la sala central.
El paseo es el mejor aliado de esta visita. En él pueden admirar, como complemento o diversión, monumentos fúnebres, la Villa Áurea, que fue hogar del arquitecto inglés que además financió parte de las excavaciones, los jardines Kolymbethra. O ese paisaje rural en que las cabras autóctonas y gigantes también tienen algo que decir.
Nada es superfluo en esta tierra habitada durante siglos por los dioses.