Imaginario de meseta

josé enrique martínez
El último premio Hiperión de poesía fue concedido ex aequo a los poemarios Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar y a Autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero; esta reseña versa sobre este último, cuyo título procede de unos versos de García Calvo citados por la poeta: «Autobús de Fermoselle, / que va y que viene, / y para, cuando quiere, / lunes y jueves».
Nos enfrentamos poéticamente a la Castilla seca, austera, áspera, difícil y esforzada, en la tradición del arado y la azada en que la poeta salmantina se reconoce: «soy del barro / que arrullaron mis abuelos», «vengo de la tierra del pan y del vino».
De ese ámbito brota noblemente este «canto de labranza», un canto del alma al fin, al que afluyen añejas palabras agrícolas como «granza, ceranda, peje, parva y trilla», así como topónimos referentes a pueblos zamoranos como el propio Fermoselle que da título al poemario y otros de la tierra del vino, como Gema, Jambrina, Moraleja y Casaseca; del mismo modo, el poemario recoge recuerdos varios: los trabajosos quehaceres rurales, la soledad de la encina solitaria en la llanura («jamás laberinto más terrible / que aquel que no conoce muros»), el mar dorado de los trigales, el despertar de la adolescencia y el descubrimiento del cuerpo y del deseo («empezamos a soñar los besos / que aún tardaríamos en dar»), los sucesivos ríos que remiten siempre a «otro río de mi tierra», el llamado Cuerpo de Hombre, que nace en la sierra salmantina de Béjar, y las imágenes familiares, como la del padre, que quiere imprimir en la hija el carácter callado y cauteloso de la tierra, y la figura del abuelo molinero en un poema cuyo ritmo a base del traqueteo de la repetición evoca el de la molienda.
Autobús de Fermoselle es un libro de amor y afirmación de un origen, de continuidad, arraigado en la tradición de la tierra y de la lengua: «mi cuerpo, preso como arbusto a este suelo». Representa también el valor salvador que se atribuye a la literatura: las formas de vida poetizadas puede haber sido destruidas, pero la palabra las rescata, las fija como memoria.
Cabe añadir que, de acuerdo con el imaginario del libro, las palabras de Maribel Andrés Llamero brotan recias, secas, con la dignidad de lo austero. Resulta imposible, por otro lado, no incardinar a la joven poeta en una tradición poética de la tierra castellana que podemos cifrar en nombres como Machado, Claudio Rodríguez o, en la actualidad, Fermín Herrero.