Diario de León

«No sería raro ver a Góngora triunfar rapeando»

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León

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CRISTINA FANjul

Gamoneda y Colinas se auparon sobre su obra para convertirse en historia de la literatura. Juan Matas explica que acaba de presentar una edición crítica de los Sonetos de Góngora que permiten al lector aventurarse con la mejor tutela a través de la poesía del genio cordobés.

— ¿Por qué Góngora y por qué ahora?

—Porque los clásicos nunca mueren, son eternos, son de siempre. Un clásico es siempre contemporáneo, siempre es actual. Un escritor clásico solo muere cuando se deja de leer o, dicho de otra forma, somos nosotros los que morimos de algún modo cuando no leemos a un escritor clásico. Y todo esto que digo de un poeta clásico se puede decir, obviamente, de Luis de Góngora: es un clásico, es eterno, es contemporáneo de cualquier tiempo, de toda edad. Pero, además, la obra de Góngora nos ofrece una manera de entender la poesía, el arte, la vida. Ahora es un buen momento para leer a Góngora, para comprender, estudiar y editar su poesía porque en su belleza, en su perfección artística, en su riquísimo mundo literario podemos encontrar algunas de las respuestas a las innumerables interrogaciones que a menudo nos formulamos, especialmente en épocas de crisis como ésta que vivimos actualmente, crisis de valores éticos, de graves conflictos económicos, políticos y sociales. Tal vez la lectura de la poesía de Góngora nos facilite alguna respuesta ante tantas inquietudes, pero seguro que nos ofrece la tranquilidad anímica que siempre proporciona la obra perfecta, que nos reconcilia con el género humano.

—¿Cuál es la razón de que tuviera que llegar Verlaine para descubrirnos a Góngora? Un gongorino como Calderón de la Barca también es muy admirado en Francia. ¿A qué lo atribuyes?

—Paul Verlaine es, sin duda, el poeta simbolista por antonomasia y cuando leyó a Góngora descubrió que su poesía también era simbolista y lo convirtió de alguna manera en su modelo. Ciertamente, el cultivo de la metáfora o, mejor, del concepto, y del cultismo en general, que ofrecía la obra de Góngora terminó por abrir la poesía a la modernidad. Tal vez Góngora sea el poeta simbolista más temprano y más perfecto de la poesía. Si recordamos, por ejemplo, el Polifemo, podemos comprobar cómo el simbolismo es un recurso expresivo de capital importancia. Si el poema consagra un tercio de sus octavas al encuentro y culminación amorosa de Acis y Galatea, puede recordarse cómo el poeta recrea dicha escena erótica a través del uso del símbolo, que, por un lado, le permite soslayar la censura y, por otro, no solo la caída en lo trivial sino la elevación hasta la belleza más sublime y sensorial.

—Calderón de la Barca también fue bien valorado y admirado en Francia, aunque lo fue muchísimo más en Alemania, pues fueron los románticos alemanes los que se fijaron en nuestro gran poeta dramático hasta hacerlo prácticamente suyo, lo estudiaron, lo editaron, lo imitaron... Puede decirse que hasta el último cuarto del siglo XX Calderón de la Barca era más atendido por la crítica alemana que por la propia crítica española. Aunque tal vez se puedan apuntar otras razones, creo que el movimiento romántico europeo en su búsqueda de lo exótico y extraño, de lo nacional y autóctono... el que se fijó en España en general como un paisaje natural, popular, artístico y literario digno de observación y revaloración. Se podría poner como ejemplo la literatura francesa de viajes, como por ejemplo la de Théophile Gautier o Alexandre Dumas, que fijó su mirada en nuestro territorio y, en el mismo sentido, las ilustraciones que hizo del Quijote Gustave Doré. Bien es cierto que la admiración por la universal obra de Cervantes fue un fenómeno muy anterior tanto en Francia como en Inglaterra. Resulta curioso, sin embargo, que mientras el exagerado utilitarismo de los neoclásicos españoles arrinconó por completo a nuestros grandes escritores del Barroco, cuyas obras eran consideradas como la degeneración del gusto estético y el vacío ideológico, y se acabó perpetuando durante muchísimos años la exclusión de Góngora, Cervantes, Calderón y Quevedo... la crítica francesa, inglesa, alemana y algo más tarde también la norteamericana fijó su atención en ellos y los sacaron del ostracismo literario que padecían. No sé si además del citado utilitarismo estético de la Ilustración cabría añadir que la postración de nuestros grandes escritores áureos pudo deberse a cierta indolencia española que secularmente ha acabado despreciando cuanto ignora, dejando su patrimonio artístico, cultural y literario arrumbado en el limbo de la historia, deteriorándose y perdiéndose definitivamente. Todavía hoy sucede algo similar cuando apenas existe inversión en I+D+i en el ámbito de las Humanidades.

— ¿Qué habría pasado si la generación del 27 no lo hubiera rescatado?

—Desde luego, el trabajo de los poetas de la generación del 27 fue capital para la recuperación de la poesía de Góngora. Sin el quehacer filológico, en especial de Dámaso Alonso, que fue el maestro de los gongoristas, no conoceríamos tan bien como ahora la poesía de Góngora, su significado y trascendencia. Si no lo hubiera rescatado esa generación tal vez la huella de Góngora no hubiera llegado a tantísimos poetas, o lo hubiera hecho por caminos y formas diferentes, pero sin duda la poesía sería distinta. Los ecos y resonancias de Góngora están en todos los poetas importantes posteriores a Góngora, desde Lope o Quevedo hasta llegar, por ejemplo hoy, a Antonio Gamoneda o Antonio Colinas.

— ¿Qué habría pasado entre Góngora y Quevedo si hubiera existido twitter?

—Tal vez lo mismo que pasó entonces, con la particularidad de que sus pullas poéticas se habrían expresado con las características propias de twitter y sus efectos serían sin duda más rápidos e inmediatos, me refiero a la difusión de sus consecuencias en forma de apoyos o recriminaciones. Ah, y twitter saldría ganando con la participación de Góngora y Quevedo pues lo elevarían a su más alta expresión literaria, a la perfección. Por cierto, salvando las distancias, una décima de esas que se cruzaron ambos poetas podría tener los mismos caracteres que un twitter, y aquellas también se difundían como la pólvora, de manera que comparten no pocos elementos en común, aunque sin duda un twitter no requiera tanto ingenio ni artificio como una décima.

—¿Murió de soberbia?

—No, no creo. Tras vivir arruinado los últimos años de su vida y padecer al final un ataque cerebral, supongo que el poeta terminaría muriendo de manera muy humilde, comprobando en carne propia, tal y como escribió, los muchos desengaños y escarmientos que le reservó el destino.

—Puede explicar cómo se llega a la voz culteranismo?

—La palabra parece que fue un neologismo o invento lingüístico ideado por Bartolomé Jiménez Patón, que no tenía mucha simpatía por la poesía de Góngora, y para condenarla creó la palabra a partir del concepto “culto”: “culteranismo”. Aprovechando la homofonía casi idéntica de ambos términos, “cul(u)teranismo”, Jiménez Patón señalaba que el “culteranismo” era una herejía para la poesía de la misma forma que lo fue el “luteranismo” para el catolicismo. Con ser eso grave en su tiempo, todavía lo es más que la crítica haya convertido ese término, que nació como una descalificación, como un insulto, en un estilo literario, en categoría estética.

—La intertextualidad parece muy contemporánea. Sin embargo, también comienza con Góngora. ¿Fue un vanguardista o un raro?

—Tal vez debería hablar de esta cuestión el profesor José Enrique Martínez, que escribió un magnífico libro publicado en Cátedra (2001) sobre el tema, pero yo diría que la intertextualidad se ha dado de múltiples y distintas formas en todas las épocas de la literatura. En tiempos de Góngora era obligado en tanto que los escritores se regían bajo la poética de la imitatio, que los obligaba a seguir a los grandes maestros de la antigüedad clásica y a los contemporáneos italianos y españoles, como empezara a hacer de forma metódica en nuestra poesía Garcilaso de la Vega. Sin duda, Góngora fue un vanguardista y, en tanto que único y extraordinario, también raro, pues abrió nuevos caminos expresivos para la poesía siguiendo la tradición poética y renovándola al mismo tiempo.

—El hipérbaton se usa en el rap y el hip hop. ¿Ves a Góngora rapeando en Córdoba?

—Por qué no. Sabemos que durante muchos años vivió de forma absolutamente díscola, libre de todo tipo de ataduras para ser un hombre de Iglesia: en Salamanca parece que, en vez de aplicarse a los estudios, se dedicó a las musas y a los naipes, y en Córdoba cada vez que podía (fue acusado por el obispo de no asistir regularmente al coro y, cuando lo hacía, de no parar de hablar) se escapaba para ir a los mentideros a las puertas de la mezquita, a las corridas de toros en la plaza de la Corredera y a los cómicos en el corral de comedias. Si a esto se une que también tenía gran pasión por la literatura popular, no sería nada extraño, mutatis mutandis, verlo triunfar rapeando por distintos garitos de Córdoba.

—¿Cómo habría discurrido la literatura sin su contribución?

—Esta pregunta no tiene una respuesta fácil o, más bien, la respuesta es imposible. Difícilmente se podría decir otra cosa que la literatura habría discurrido de forma distinta, igual que hubiera sucedido sin la contribución de Garcilaso, de Cervantes o de Lope.

—¿Qué autores en la actualidad escriben aupados sobre la herencia de Góngora?

—Ya en el Siglo de Oro todos los poetas coetáneos de Luis de Góngora, discípulos o amigos y rivales, quedaron gongorizados, empezando por Lope y Quevedo. La influencia de Góngora en la poesía posterior ha sido una constante, que, sin duda, ha conocido hitos especialmente destacados como la huella que dejó su poesía en la obra de los poetas de la generación del 27, en los del grupo Cántico y, por supuesto, en los poetas «Novísimos» o culturalistas, algunos de los cuales siguen muy activos. Sería fácil hallar ecos y resonancias con más o menos intensidad de la poesía de Góngora en todos y cada uno de ellos, desde Luis Alberto de Cuenca a Guillermo Carnero, pasando por Luis Antonio de Villena o Jaime Siles y destacando al más gongorino de todos, Pere Gimferrer. Y, por supuesto, recuerdo también los nombres de los poetas leoneses, ya citados, Antonio Gamoneda y Antonio Colinas. Pero incluso en los poetas más jóvenes resulta muy potente la luz de Góngora y se podría citar unos cuantos nombres como botón de muestra de una amplísima nómina que haría la relación interminable: Carmen Jodra, Francisco Javier Ávila, Ángel Luis Luján Atienza, Juan Antonio González Iglesias o José María Micó. Podría bastar con echarle un vistazo a la edición de Jesús Ponce Cárdenas, Desviada luz. Antología gongorina para el siglo XXI (2014).

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