Diario de León
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León

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Hay un personaje de la hermosa obra Otra vida por vivir, del griego Theodor Kallifatides, que desea dar la vuelta al mundo después de que se jubile muy tardíamente. «Para oler la tierra de norte a sur y de este a oeste», dice. Me parece hermosa la intención. Es verdad que los olores, a tierra mojada bajo la lluvia inicial, por ejemplo, tienen su propia identidad en tierras diferentes y en épocas distintas de nuestra vida. Identificamos tiempos y espacios también a través de los olores, que, sin duda, son parte importante del viaje, puro descubrimiento de tantas cosas, de uno mismo y de lo que pudo ser. Y es que las ciudades y tantos rincones y caminos esconden muchos secretos, la sorpresa siempre al acecho. Me ocurrió en la última visita a Barcelona en una mañana radiante de octubre, tras una noche de lluvia, tan necesaria pero escasa. Abundaba el hervor, acaso el fervor, en la calle. Alguien me habló de los búnkeres del Carmel. No lo dudé.

Los búnkeres del Carmel. Este es el nombre y el objetivo. La colina del Carmel, perteneciente a las estribaciones de la sierra de Collserola, da nombre al barrio en que se ubican, y a su vez lo recibe del santuario de Nuestro Señora del Monte Carmelo, que se construyó en 1864 dedicado a la Virgen del Carmen. Otra cima, la del Turó de la Rovira, conocida también como El Castell, es el punto concreto de nuestro interés de hoy. Tiene su historia, por supuesto.

Asentamiento, al parecer, de un pueblo íbero, a finales del siglo XIX, y de forma progresiva, se cultivaron por estas laderas algunos bancales agrícolas, se construyeron casas de verano de la burguesía barcelonesa o se explotaron canteras. Durante la guerra civil, a partir de 1937, se instaló una batería antiaérea para la defensa de la ciudad. Aprovechando las estructuras abandonadas, allí tomó cuerpo un barrio de barracas (el Barri dels Canons), dada la escasez de viviendas, especialmente si tenemos en cuenta la avalancha migratoria. Aún se pueden ver algunos restos de azulejos de alguna de las más de seiscientas barracas que el barrio llegó a tener en la década de los sesenta. Las condiciones precarias en que se vivía llevaron a no pocas movilizaciones. En la década de los noventa, en los años previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona, concedieron pisos a los habitantes de las barracas, los llamados «pisos verdes», en Can Baró. El Turó de la Rovira empezó a caer en el olvido.

Otra vez la literatura, apoyada en esta ocasión en el cine, pone en valor un espacio. Basada en la novela de Federico Moccia –nada de extraño tiene que las parejas sellasen su amor en un candado—, fue la película Tengo ganas de ti, dirigida por Fernando González Molina y protagonizada por Mario Casas, la que consiguió tal cometido, al tener como parte del escenario la ubicación a la que nos estamos refiriendo, escenario multiplicado desde entonces con muchas y diversas propuestas. El rastro del ayer quedaba recuperado, aunque en este caso la añadidura se convertiría en razón fundamental.

La llegada a nuestro destino es fácil. En transporte público, por supuesto, otra forma de entender las ciudades. Aunque la parte final, como parece lógico, haya de hacerse a pie, los tramos más empinados tienen el soporte de escaleras. Ninguna dificultad. Sirva al viajero la idea de saber que muy cerca y en el trayecto se encuentra el gaudiano Parque Güell, otra de las visitas obligadas, a mi parecer, de la Ciudad Condal. En la práctica respondería por tanto a esa idea de matar dos pájaros de un tiro. No lo olvide, por si acaso.

En los búnkeres del Carmel, curiosamente, nunca hubo un búnker, solo una batería antiaérea, como queda dicho, con sus instalaciones. Es un lugar magnífico para la defensa, que, sin embargo, resultó ser poco efectiva o acertada. Dicen. En cualquier caso, diversos paneles explicativos ofrecen la información necesaria para formarnos una idea básica: emplazamiento de los cañones, pabellón de oficiales y de tropa, con sus dormitorios, lugar del comandante…Algunas de esas dependencias se han convertido hoy en espacio de exposiciones del Museo de Historia de Barcelona, de la que forma parte importante en el relato de sus acontecimientos recientes.

Dejé para el final la añadidura convertida en fundamental, la razón por la que esta visita es muy recomendable. Estamos a doscientos sesenta metros de altitud sobre el nivel del mar, tan cercano. Barcelona a nuestros pies, en un mirador espectacular desde el que se puede ver toda la ciudad. Toda, en un giro real de trescientos sesenta grados. Una isla montañosa en medio de la ciudad. Un panel marca, mirando hacia el frente, sus puntos neurálgicos, sus referencias más sobresalientes, en cuadrículas bien trazadas que desembocan en el Mediterráneo, que se muestra amplio y generoso. Un descubrimiento gozoso para quien esto escribe. Ninguna otra vista de Barcelona tan completa, precisa y perfilada. Conocer, contemplarla desde las alturas es siempre sueño y gozo. Perder la vista, a una y otra mano, por las poblaciones cercanas, el límite de playas y orillas diluyéndose en el horizonte. El giro a la otra parte, hacia la espalda supuesta, la adivinación de vericuetos, barrios, monumentos… Me dice un visitante asiduo que el amanecer y, sobre todo, la puesta de sol son un espectáculo, cuando se desdibuja o se dibuja la ciudad nocturna. «Esa era –escribe el mismo griego con el que abrimos el relato— la hora de la poesía… El resto del día era para los prosistas». Hoy prosista, anoto la zona acondicionada para paseos y senderismo, entre los pinares, las personas que se sientan, sin prisas, frente al escenario, acaso con su comida de picnic o un refresco. Mi próxima visita habrá de ser a instancias del atardecer poético y enriquecido. Ahora solo quiero abrir los ojos y contemplar esta delicada invitación al viaje. Y que usted, amigo de mis caminos, lo disfrute.

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