Afectados

«Mi hijo se quitó la vida durante el confinamiento»

ANA F. BARREDO

León

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José David arrastraba problemas de ansiedad que brotaban periodicamente con los golpes de la vida que apaciguaba con medicación intermitente y su gran afición al deporte. El ejercicio físico le mantenía activo y con el nivel de estrés controlado.

El confinamiento le obligó a encerrarse en casa durante más tiempo del que pudo soportar. Así lo recuerda su madre, Nieves, que el 4 de mayo por la tarde presenció su muerte. «Se quitó la vida y no me dio tiempo ni a reaccionar». Esa losa la persigue todos los días.

«El sentimiento de culpa es al más acusado entre los amigos y familiares», destaca Juan Fernández Quesada psicólogo del Teléfono de la Esperanza y presidente de la Asociación Dones y Talentos, a la que pertenece Nieves.

Un 80% más de ansiedad

El miedo y el aislamiento aumentan un 80% los trastornos por estrés y ansiedad

Juan Fernández asegura que el confinamiento ha aumentado en un 80% los niveles de ansiedad de la población. A José David, con 42 años, no le infectó el Covid-19, pero sí le afectó el miedo y la incertidumbre por el futuro. Antes de la pandemia no tenía un trabajo estable.

«La vida era demasiado monótona y los días duraban mucho durante la cuarentena», recuerda su madre. «La ansiedad se iba apoderando de él. Llamaba a la consulta de salud mental por teléfono y le ajustaban la medicación, pero él luego decidía cómo la tomaba».

Pese a los conflictos de la convivencia, de los que no se ha librado casi ninguna familia en la cuarentena, José David siempre daba muestras de esperanza. «Fue duro, pero siempre pedía perdón, me daba ánimos y decía que todo iba a pasar pronto. Recuerdo que dábamos aplausos a los sanitarios y bailábamos juntos la canción Resistiré». Pero José David no resistió.

El 4 de mayo se encontraba especialmente mal. «Me dijo que la comida no le sabía igual. Se puso muy nervioso. Fuimos al centro de salud. Como estábamos en plena pandemia no me dejaron entrar. Lo tuve que esperar en la calle.

Cuando salió me dijo que le habían hecho un volante para que le hicieran unos análisis en el Hospital». Pero tras varias dudas sobre sí subir y cómo llegar al Hospital, Nieves descubre que el volante no es para ninguna prueba concreta. «Le mandaban a psiquiatría. Yo estaba fuera en la calle y no me dejaron entrar, pero podrían haberme avisado de lo que le pasaba. Cuando le dije que le enviaban a psiquiatría su cara cambió. Recuerdo perfectamente esa mirada, como vacía, se sentía engañado. Y después todo fue muy rápido».

El suicidio es aún un tabú social. «Se habla poco de los problemas mentales», dice su madre, que reprocha lo que considera «poca atención» de los especialistas. «Él era muy inconstante con el tratamiento. Leía los prospectos y los efectos secundarios. En la consulta de psiquiatría me decían que él era mayor para tomar sus decisiones, pese a que les pedía que le dieran alguna medicación que le hiciera más efecto. Casi nada le funcionaba».

Nieves reprocha a la sociedad y la asistencia sanitaria que oculte un problema «del que poco se sabe y poco se investiga. No pasa como con el cáncer. Las depresiones y los suicidios se tapan, se ocultan, y así nunca se pondrán los medios para evitarlas». José David no dejó carta de despedida pero en un sobre su madre encontró 50 euros. «Las consultas privadas con el psicólogo son muy caras y se prolongan durante meses. En la seguridad social te ven pero te citan para dentro de dos o tres meses y así o se soluciona nada», se queja su madre.

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El psicólogo Juan Fernández tiene constancia de, al menos, otro suicidio en estos tres meses de confinamiento en León, el de una joven de 37 años. «El 80 % de las personas que se quitan la vida arrastran una patología mental previa. El diagnóstico no deja de ser una orientación. Una persona no es depresiva, esquizofrénica o con trastornos de personalidad. Tienen ocasionalmente reacciones depresivas, pero siempre hay posibilidad de cambio y eso requiere meses de terapia y constancia con los fármacos»