Antonio Núñez El paisanaje
Cuarto y mitad
A propuesta del dirigente socialista leonés Angel Villalba, que ha copiado al manchego Bono, la Junta tendrá que decidir si los partidos políticos ponen en las próximas elecciones igual número de mujeres que de hombres en sus candidaturas. Esto seguramente no es ni bueno ni malo, teniendo en cuenta que el número de eficaces e inútiles, responsables y majaderos, inteligentes y cenutrios, se divide imparcial y matemáticamente también al cincuenta por ciento entre ambos sexos. Esto es consustancial a la naturaleza humana, de modo que, a efectos de contribuyentes y contribuyentas, la iniciativa de Villalba, presentada ahora de sopetón y como algo revolucionario, sólo tiene dos posibles explicaciones: primera, que es oportunista, demagógica y electorera; y, segunda, que el leonés pretende demostrar astutamente que las mujeres en política pueden hacerlo tan mal o peor que él mismo, Lucas cuando mandaba aquí, o el último lote de alcaldes de La Bañeza, por no señalar más, porque basta con ver cómo han dejado entre todos esta provincia. O a lo mejor pensaba, ya en plan muy cabrito, que el PSOE podría barrer en las municipales si el PP tuviera que presentar en sus listas una legión de celias villalobos, que ya se sabe lo que dan de sí. Elucubraciones aparte, es un hecho que desde que en España hay democracia hombres y mujeres por igual pueden votar y presentarse al cargo político que les dé la gana. Además, la teoría de Villalba respecto a la representación se sexos en las urnas es estadísticamente falsa: se hubiera que atribuir un porcentaje a las mujeres, no sería la mitad, sino dos o tres puntos más que a los varones, dado que ellas duran más. Hasta un tonto lo entendería con sólo leer las esquelas de los periódicos, que van a misa. Más todavía, en la guerra de cupos entre alcaldes y alcaldesas habría que dejar un cierto espacio -pongamos que un escaño de cada diez, qué menos- a los que no son ni fu ni fa, o sea a los gays, así como un grupo mixto no menos hereogéneo para quienes hagan a pelo y a pluma. Cuando se está en política a la caza de votos hay que ser práctico. Aunque son seguramente otros cupos electorales los que echa de menos la gente. Por ejemplo, en las listas de los partidos aparecen demasiados abogados y funcionarios mientras que faltan, pongamos por caso, un diez por ciento de encofradores y fontaneros (cupo albañil), un quince de pequeños empresarios autónomos, un equis de remolacheros, un tanto de empleadas de hogar sin seguro o un cuanto de prejubilados de la minería sin cuento. Llevada a sus últimos extremos la «teoría de la representatividad» de Villalba, el país volvería a la democracia orgánica de Franco, cuando las Cortes se dividían entre el tercio familiar, el de sindicatos (verticales) y el del partido único. Cuando el ejercicio de la política -la cosa pública o res publica de los clásicos- degenera del interés común a la demagogia para convertirse en el oficio o medio de vida de unos pocos lo normal es que los países acaben sin sentido común y, a la larga, arruinados. Argentina, por ejemplo. Se empieza socializando una Evita de segunda del macho Perón y termina toda la nación patrióticamente descamisada, todos funcionarios del Estado o del partido y pidiendo créditos al Banco Mundial, que es como Caja España, pero a lo bestia. Y si, mientras tanto, prospera también la inmigración sin cupo -como pretende el PSOE en España- la ruina se acelera al cabo de unos pocos años de populismo. Volviendo al asunto de las listas electorales conjuntas de mozos y mozas que Villalba pretende socializar por decreto, con la correspondiente dotación presupuestaria para embarazos y vacaciones laborales de Zapatero (descansos subvencionados por las empresas para padres y madres con hijos con fracaso escolar) parece urgente replantearse el papel de Hacienda y los impuestos. Y no porque se vaya a pagar menos, sino por cómo Villalba piensa redistribuir y retribuir su particular cupo. No es lo mismo que en la lista del partido vaya primero él, luego una señora, tercero otro, de cuarta otra señorita... a que el orden se invierta: primero una, segundo el, tercero otra y así hasta acabar la lista. Obsérvese que cambia ostensiblemente el orden de precedencia y que, en vez de un presidente socialista de la Junta, saldría en las próximas una presidenta. Digamos que Villalba no tendría ni siquiera la mitad de probabilidades que tiene ahora de sentarse en la presidencia.