Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Qué bien sé yo la fonte que mana y corre... aunque es de noche. Con eco mozárabe escuché por primera vez a Amancio Prada concluyendo los setenta, recital casi íntimo en la iglesia de San Miguel de Escalada. Falló la luz y la voz sin micrófono rebotaba en el artesonado como arabescos de limpia escayola acunados por el violoncelo de Gattinoni. Fue uno de esos momentos casuales y mágicos de la vida en los que tienes la certeza de que jamás volverán a suceder. Y no fue así. La última vez que escuché a Amancio, hace tres días, también fue en hora de magia mística y con sus notas de voz y cuerda colgadas de la bóveda de la capilla que las carmelitas descalzas tienen en su conventín de la carretera de Asturias -qué bien sé yo la fonte que mana y corre... aunque es de noche-, al pie de ese seminario menor que ahora van a cerrar. Fue asunto improvisado. Luis García Zurdo aparejó el encuentro: veríamos las dos magistrales vidrieras que hizo para esta capilla en el 78, escucharíamos a la comunidad cantar a san Juan de la Cruz y Amancio replicaría el honor tributándoles algunos temas de su Cántico Espiritual. Así ocurrió. Y de nuevo, la sensación de lo irrepetible. La voz blanca de las quince reverendas, palomas de estameña parda conjugando un zureo armónico, se hizo cristal soplado y luminoso como las vidrieras de Luisín, adelgazándose el sonido que nace del silencio interior, haciéndose brisa el armonium de fondo. Qué bien sé yo la fonte que mana y corre... aunque es de noche. A estos textos de san Juan, una carmelita descalza de Zaragoza les puso una música que es alfombra que sube al cielo, una sutileza de encaje y acorde. Se nos metió en la tripa su magia contemplativa. Y la réplica de Amancio no fue menos rotunda. De su guitarra salía el pie del canto y su voz fue la mano que nos llevó a una nube. Las reverendas se embebieron en esta altura. Prada inició su paseo de delirio musical también con la fonte que mana... Y nos emborrachamos de transparencia. Lógico fue que después charláramos en amena largura con estas monjas de recia y alegre austeridad. En aquel locutorio, la forjada reja de clausura no exisitó. Tampoco el tiempo, ni la tópica ñoñería monjil. Y lució la palabra... aunque es de noche.

tracking