Diario de León

Valbuena y la garduña de doña Emilia

l El leonés detectó un patinazo en la obra de Pardo Bazán

Imagen de una garduña.

Imagen de una garduña.

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joaquín serrano serrano

En 1891 Valbuena publicó su libro de relatos Capullos de novela y ese mismo año hizo Emilia Pardo Bazán un comentario del libro en su revista Nuevo Teatro crítico (nº 9), donde escribe: «El nombre de este escritor, que se cuenta hoy entre los más leídos, que tiene su auditorio y sus partidarios acérrimos, y que es un favorito de la juventud (los muchachos entre quince y veinte se lo saben de memoria), suele tomarse como enseña de batalla contra determinadas personalidades literarias o políticas, y especialmente contra la colectividad de la Academia de la Lengua».

Párrafos antes había dicho: «Sus Capullos de novela nos le revelan bajo un aspecto nuevo y curioso. Por lo sencillos, cándidos y morigerados, esos cuentos breves parecen el contraste, mientras son en realidad el comentario y complemento de sus críticas y sátiras. Recuerdo que en cierta ocasión dije yo a Miguel de Escalada: «Si viese el conjunto, el alma de los libros, como ve el pormenor y el elemento puramente formal, externo, sería un criticazo»».

Le alaba también Pardo Bazán a Valbuena el «encantador desafeite del estilo» y el «sabor neto y puro del lenguaje» y alude al escaso «contenido novelesco y humano»; y termina: «Valbuena anuncia otras novelas: hasta que las publique, sea provisional este juicio».

A Valbuena, las palabras de la condesa le sentaron muy mal y no pierde ocasión de criticarla. En el tomo I de Ripios Ultramarinos (1893), dice: «Porque como la señora doña Emilia Pardo Bazán creo que ha dicho que no veo apenas más que la superficie de las cosas, podía parecer que trataba de defenderme de ese cargo si hablara del fondo; y nada hay más lejos de mi ánimo que hacer semejante defensa. No la necesito, a dios gracias. Pues ya se sabe que la buena de doña Emilia dijo esa y otras cosas, contra lo que siente, para ver de congraciarse con los académicos, porque tiene el afán de ser académica. Y, naturalmente, ha pensado: «¿Qué cosa más grata para los académicos puedo yo hacer que escribir algo contra Valbuena?... Por una cosa así han hecho académico a Commelerán».

EL GAZAPO DE LA GARDUÑA

El 2 de mayo de 1896 publica doña Emilia en Blanco y Negro su relato corto Pena de muerte. En él, un «sargento de guardias civiles» cuenta unas anécdotas de cuando era chiquillo: primero, el robo de unas manzanas en la huerta «del señorito»; y «al otro día», la invitación del mismo señorito para ir a cazar. El chico va muerto de miedo porque cree que «van a salir a relucir las manzanas», pero no era esa la intención del señorito; él va con el objetivo de matar a una garduña que le está haciendo mucho daño en sus posesiones. La descubren pronto y en el momento que la tiene a tiro, el señorito le dispara y el animal cae. Le manda al chico que vaya por ella; y al cogerla «me temblaban las piernas y se me desvanecía la vista, por la conciencia negra; porque se me venían a la memoria las manzanas». El señorito lo ve tan afligido que le ordena darle un segundo disparo: «¿Tú no sabes que es un bicho ruin, que se merienda a las palomas? De los ladrones no hay que tener compasión. Por el robo se va al asesinato y por el asesinato al garrote…». El sargento acaba sus recuerdos contando que al disparar le dio «un ataque de nervios» y que cayó redondo; que estuvo malo algún tiempo, que curó, y que cuando fue mozo, tras «servir al rey, entré en la Guardia Civil».

Marina Mayoral, en un certero comentario al relato (Emilia Pardo Bazán: Pena de muerte, en Comentario de Textos, Castalia, 1979), interpreta que es una defensa de la pena de muerte por parte de Pardo Bazán: «El tema de la pena de muerte es, por definición, polémico y discutible; creo que Doña Emilia toma, ante él, una postura a favor, pero cautelosa». Tema este de la pena de muerte del que también habló Valbuena en su relato Panfilia, incluido en Parábolas.

Pero este relato contiene un palmario y curioso gazapo en el que Valbuena va a encontrar un motivo ideal para atacar a la Pardo Bazán. Resulta que la garduña que cazan el señorito y el chiquillo es descrita como «ave de rapiña… con las alas estiradas… y clavando el ojo en un sapito… se lo llevó a lo alto de aquel pino. Era un animal soberbio: medía tres cuartas de punta a punta de las alas; la pluma, canela claro con unos toques castaños primorosos; el pico, amarillito, y las uñas, retorcidas y fuertes, que parecía que aun arañaban al tiempo de agarrarlas yo… La vamos a clavar por las alas».

No fue Valbuena el único que detectó el patinazo de doña Emilia. A los pocos días de publicado el artículo, El Siglo Futuro inserta, firmada por L. Díez y González, una «Carta abierta a la inevitable escritora doña Emilia Pardo Bazán», donde el articulista le afea lo de la garduña y le dice: «¿Quién, en nuestros días, ni antes de nuestros días, pintó, señora, garduña semejante? Necios de vosotros, zoógrafos de todos los tiempos, que incluís entre los carniceros hediondos a la garduña, junto al hurón, la comadreja, la marta, el turón, el armiño y la nutria, que creéis que la fuina es un mamífero monadelfo terrestre, con uñas, dentadura completa, extremidades dispuestas para la marcha…, que no defendéis, como doña Emilia Pardo Bazán lo hace implícitamente, las transformaciones específicas que admitió Lamark, y generalizó Darwin…».

Bocado demasiado sabroso para despreciarlo. Bueno era Valbuena para pasar por alto la ‘metedura de pata’ de la condesa. Se lo fregó y refregó por los morros cada vez que pudo. En el volumen 3º de Ripios Ultramarinos (1896), en el cap. XVI dice: «Se me dirá que parecidos disparates se publican en revistas y periódicos de España, y aun se me citará el ejemplo reciente de doña Emilia Pardo Bazán, que acaba de matar una garduña al vuelo en el Blanco y Negro, y aun después de muerta se ensaña en describirla diciendo que medía tres cuartas de una punta a otra de las alas. Pero el caso de doña Emilia Pardo Bazán no vale para formar regla, porque tan ignorante como esta buena señora no hay nadie en España. Ni aun en la Academia. Doña Emilia se conoce que había oído decir que la garduña persigue a las gallinas y a las palomas, y nos la hizo ave de rapiña».

Tres años después, en Des-Trozos Literarios (1899), en el capítulo VI le dedica seis páginas: «Es Doña Emilia Pardo, la inevitable Emilia, como decía Zorrilla, la que petrifica las lágrimas y enquista los pensamientos con la misma facilidad con que hace volar a las garduñas. El capítulo VIII titula Cosas de Doña Emilia y está todo él destinado a comentar y censurar expresiones, palabras, textos de la Pardo Bazán. Y vuelve Valbuena a afearle lo de las alas de la garduña: «¿Alas ha dicho Ud.?... ¡Dios mío!... Crea usted, Sra. Doña Emilia, que, desde que se las puso Ud. a la garduña, en cuanto mienta usted las alas me echo a temblar, previendo un estropicio».

Las últimas invectivas de Valbuena contra Emilia Pardo Bazán las leemos en Corrección fraterna, ya de 1910. En el capítulo XVII y último, bajo el título A doña Emilia. Donde se halle. (Carta de la garduña), inventa una muy maliciosa carta de una garduña a Emilia Pardo Bazán recordándole todos sus ‘errores’, sus lapsus, explicándole que no tiene alas y poniéndole pegas para ‘subir al cielo’: «¿De modo que usted cree que el señorito me vio en el cielo? ...¡Buenas y gordas!... Nunca subí allá, ni subiré... Y a usted le costará trabajo. Lo que es como siga usted escribiendo novelas naturalistas...».

UNAMUNO, CON LA CONDESA

En esta pelea entre Valbuena y Pardo Bazán intervino Unamuno, quien se pone de parte de la condesa. Es ya 1914 y está escribiendo Mi vida y otros recuerdos personales, 1889-1916 (Losada, 1959) y dice el insigne rector de Salamanca: «Todo el que escribe debe estar dispuesto a reconocer sus caídas. ¡Ay del escritor que nunca se equivoque! Porque así como no hay mayor tonto que el que se muere sin haber dicho ni hecho tontería alguna, nadie se equivoca más que el que jamás se equivocó. Como que su vida toda es una equivocación. A dos célebres escritores nuestros se les cogió los gazapos, al uno, que habló de la pluma de la gacela; al otro, del vuelo de la garduña. Y cayeron en la debilidad de querer rectificarlo y explicarlo. No, esas cosas no se rectifican. Lo que debe uno hacer es callar y… ¡a otra! Y mirar por encima del hombro a los desdichados que en eso se paran, y que ni siquiera se equivocan» (Artículo fechado el 13/IV/1914). Unamuno tenía también buenos motivos para coscorronear a Valbuena, como vemos aquí, donde le llama ‘desdichado’ y como ya explicamos en otras publicaciones.

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