Diario de León

Cornada de lobo

Acostándome con el mar

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León

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Hasta los diez años no conocí el mar. Fue un Cantábrico de julio borracho de sol y así entró por las ventanillas del autocar que renqueaba por los altos de San Vicente de la Barquera. Allí estaba. Mirad, mirad, vociferó la chavalería colegial; y el primer mar que vi asomando a lo lejos, al fondo de un brillante valle de praderío verde esmeralda era sólo un triangulín de mar, casi nada, como otro cacho de prado, pero de azul intenso y llano. Así fue el primer mar que imborrablemente quedó grabado en mi memoria junto a aquel pálpito percherón que se coló en el pecho desatándome el corazón por sentirme, al fin, dueño del mar por mis propios ojos. Qué sensación. Y cuando descendimos hacia la ría y el puerto, con el mar ante los morros, el que se emborrachó fui yo. Después, ya fue un rito familiar o colegial el allegarse hasta las olas cantábricas una o dos veces al año. Seis años después -peligrosa adolescencia- de aquel bautizo santanderino, quedé definitivamente cautivado, enamoradísimo y preñado de quintillizos por el mar de Lastres, ¡ostrás qué már! Todo un mes largo de agosto en plenitud de vacación estuvieron mis ojos colgados de su inmensidad y trajines, sin perderlo de vista ni un instante, bañándome, pescando, paseándolo y hasta pudiendo contemplarlo desde la cama o desde la balconada de galería con naranjo y boj al pie que tiene aún aquella casa rectoral de cierto porte encajada en lo alto del recoleto y abigarrado casco histórico de un Lastres marinero en todos sus empinados callejos, escalinatas de umbría y casas de piedra labrada que narraban leyendas de galernas y naufragios. Aquel Lastres que conocí en el 68 era un primor de tiempo retenido, todo cuesta, piedra y teja, mucho geranio y mucha ropa tendida en todas las casas, mucha tela mahón, pues todos vivían del mar en sus lanchones o en las tres fábricas conserveras que aún trajinaban la anchoa y la sardina dándole al pueblo más guapo del litoral asturiano un afán de villa (hoy, lo barato y lo hortera abollan algo mis recuerdos)... Un mes da para mucho y hubo de todo. En el lecho de mis fantasías y lecturas, el mar se estuvo acostando conmigo treinta noche seguidas. (Continuará) La marea negra también.

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