Un robot camarero para la vieja fonda
Un autómata revoluciona el servicio en una antigua

El robot camarero dispone de varias bandejas para llevar los servicios. DANIEL PÉREZ
El pasado y el futuro se dan la mano en una antigua casa de postas con más de dos siglos de antigüedad en pleno corazón de la Costa del Sol, la popular venta La Butibamba, en la Cala de Mijas (Málaga), a la que hace unos meses se incorporaba Carmelita, un simpático robot camarero con cara de cristal y orejas de gato. Esta fonda —antaño parada habitual en la que realizaban el cambio de caballerías y la asignación de postillones los correos, viajeros y ganado que recorrían el litoral andaluz a su paso por lo que hoy es la provincia de Málaga— nunca ha sido un restaurante al uso, aseguran quienes conocen de cerca su historia.
Su fundación es anterior, incluso, a la del mismo pueblo, asegura a Efe su actual propietario, Francisco Javier Sepúlveda, orgulloso al recordar que ha pasado de generación en generación y que ha pertenecido siempre a la misma saga familiar. Abrió sus puertas allá por el 1.800 en un cruce de caminos cerca de la playa con la que comparte nombre; con el paso de los años fue poco a poco adaptándose y acomodando su actividad a las necesidades de una sociedad en constante evolución. Albergó la primera estación de reparto de Correos del diseminado de la Cala de Mijas y también el primer estanco de la zona; hoy, bajo sus renovadas paredes, conviven con normalidad tradición e innovación, recalca Sepúlveda.
Difícilmente pudieron imaginar quienes la regentaron en sus primeros tiempos que un día a ella no se llegaría a caballo o en mulo, sino en un carro del que no tira nadie; y que a llevar las comandas no ayudaría un ágil jovenzuelo de carne y hueso, sino un mesero de hojalata al que la Inquisición española no habría dudado en calificar como artilugio diabólico. Carmelita lo mismo le guiña un ojo a una sonrosada turista británica mientras le sirve el tradicional bocata de lomo en manteca de la casa, que le canta el «cumpleaños feliz» a un crío ojiplático que no sabe si apagar las velas o jugar con el robot que le ha traído la tarta. «Si le tocas la cabeza te dice que tengas cuidado que se le cae el pelo; si le acaricias las orejas, que tiene cosquillas; y si la entretienes mucho, se enfada y te responde que se va a trabajar», detalla entre risas. Los clientes le han acogido con cariño.