El periodista cultural Carlos del Amor

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León

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josé antonio guerrero

E l periodista cultural de TVE Carlos del Amor (Murcia, 48 años) vuelve a sumergirse en la intrahistoria de los cuadros en Retratarte (Espasa), donde cierra el plano y se adentra en 35 retratos y autorretratos desde el siglo XV a la actualidad, y en las 70 vidas que hay detrás de los modelos y los artistas que los pintaron. Del Amor radiografía con su habitual ingenio a esos personajes que nos miran desde el otro lado del lienzo, pero ensancha de nuevo el marco para revivir cómo pudo ser esa interacción, ese instante íntimo en que el retratado desnuda su personalidad ante su retratista.

—En su libro da las gracias a los que empuñan el arte como arma contra la sinrazón. Hay quien ahora empuña la sinrazón contra el arte...

—El arte no tiene culpa alguna del cambio climático. La causa ecologista es una causa loable, pero con los medios equivocados. Viendo cómo pretenden llamar la atención no empatizas con esa causa.

—¿Qué haría si le pilla ‘in situ’?

—Estas cosas no las esperas y te dejan paralizado. El problema es que haya un efecto llamada y que tras pegarse al marco se peguen a la tela. O que arrojen sopa sobre un cuadro sin cristal y nos encontremos a la infanta Margarita llena de tomate.

—¿Es un problema de seguridad?

—No, no. ¿qué haces? ¿atas a la gente? Si alguien quiere dañar un cuadro, lo va a hacer.

—En ‘Retratarte’ hay 35 retratos pintados en los últimos 500 años, ¿cuál es su favorito?

—El de Giovanna Tornabuoni de la portada, pintado por Ghirlandaio entre 1489 y 1490. Le he ido cogiendo cariño. Siempre que voy al Thyssen me la encuentro y de tanto verla nunca le había hecho el caso que merecía.

—¿Ha excluido a ‘La Gioconda’ a propósito?

—Sí, intento huir de lo súper-mainstream. Leonardo es el tío con mejor marketing del mundo.

—¿En la selección se ha guiado por algún criterio?

—Por mi gusto y por el conocimiento que tenía de la obra, porque la he visto, me han hablado de ella o incluso he podido hablar con la artista, como con Miriam Escofet, que pintó los retratos de Isabel II y de su madre, que salen en el libro.

—¿Con qué otro retratista le habría gustado hablar?

—Con Rafael para que me explicara al detalle cómo fue la sesión con Julio II, un Papa tan sumamente poderoso, y que Rafael lo retrata débil, decadente, triste. el momento tuvo que ser tenso. Rafael fue valiente y esos retratos son los que pasan a la historia.

—Incluye un retrato desaparecido pintado por Caravaggio.

—Sí, Retrato de una cortesana pintado en 1597. Los nazis lo destruyeron. Lo escogí porque de Caravaggio me interesa su biografía, era un pendenciero, cortó el pene a un hombre que murió por esa herida, su ficha policial daría para un libro. Y luego, él como artista se fija en un modelo que no es un rey o una reina, es una cortesana. Y además el cuadro es un ejemplo de cómo la sinrazón puede privarnos del arte.

—En un autorretrato de Carlos del Amor, ¿cómo se pintaría?

—Razonablemente risueño y algo melancólico. Pero mi arte para pintar es cero.

—Cuéntenos alguna experiencia única vivida en un museo...

—La más ‘mística’ fue cuando en pandemia entré en El Prado. El mundo estaba parado y yo estaba dentro del museo. No había nadie y las salas no estaban iluminadas. Estaba viendo las obras tal como las vieron los artistas en su época, sin luz artificial, las pinturas negras de Goya, ‘Las meninas’. Otra vez me llamaron del Thyssen, y me dijeron ‘oye que estamos con Antonio López montando una exposición’. Fui y estuve con él mientras colgaban los cuadros y él decía ponlo aquí, ponlo así. Fue un momento mágico de esos con los que esta profesión te paga de otra manera.

—¿Le queda alguna fantasía por cumplir en un museo?

—Bueno, quitando el sexo... nunca he dormido en ningún museo. Despertarte y ver ahí delante ‘Las meninas’ no sería mala experiencia... aunque no sé si sería capaz de conciliar el sueño.

—¿Se ha despedido de algún cuadro?

—No. Incluso si estás en Nueva York y vas a un museo y te impresiona una obra, siempre, siempre hay que decir volveré. Nunca adiós. Decir adiós es triste.

—Con el metaverso igual no hará falta acudir a los museos...

—Espero que no. Ver un cuadro en directo es incomparable. Hay que llevarse la experiencia, el contacto y el diálogo con la obra. Eso es enriquecedor. Como cuando vas a una exposición y hay un cuadro con granitos de arena de playa y son reales porque cuando el tío lo pintó al aire libre lo salpicó la arena, y ahí se ha quedado. Eso te abre la imaginación y un modo diferente de sentir y apreciar lo que tienes delante.

—¿Ha llorado ante algún cuadro?

—Soy de lágrima difícil. más de llorar en la intimidad. un absurdo pudor. En un museo he vivido la sensación de dejar de oír alrededor y de vivir una inmensa paz. -De imaginación usted va sobrado, ¿y de amor propio? -La inseguridad me evita el exceso de amor propio.

—¿Recuerda su primera experiencia en un museo?

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—De niño en un viaje a Madrid que nos asomamos al Prado.