Diario de León
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León

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ALFONSO GARCÍA

Avelino Fierro, bibliófilo de riquísima andadura, que dice ser no «muy viajero», sí entiende el paseo como «desconectar, escapar de lo repetido e idéntico, buscar una pausa en las rutinas, un paréntesis en la normalidad». Más aún en momentos en que todo parece estar destinado a «no pensar», este elogio de la belleza del caminar oxigena el espíritu con el aire fresco que nos ofrece.

Digamos, por la simple intención de acercarnos mínimamente a la densidad de estas páginas, que Fierro, con el socorro de sus muchas y diversas lecturas, tan bien asimiladas, propone títulos y referencias sobre el asunto. «A medida que avance en la escritura de este libro –escribe-, iré recordando otros paseos, los paseos que he leído. Y llenarán estas páginas. No se me ocurre nada mejor que pasear por mi vida de lector recordando a los maestros y amigos». Enhebrado el relato a través de su visión y de su prosa, tan singular y personal, la pauta que traza es dejar que asome permanentemente la belleza en todas sus manifestaciones: gastronomía, literatura, música, pintura… El resultado es una larga y hermosa caminata, diferente, sustentada en la palabra.

Paseos de otro tiempo forman parte de su propia experiencia, recogida en «un cuadernillo en el que hemos ido anotando impresiones, recorridos, sorpresas, emociones, fugacidades». Una pequeña antología, podríamos decir, de «mi caminar», que muestra su deliciosa manera de contar la cercanía de lo cotidiano: «Desde la fresca suavidad de la noche viene a caer, entre las calles del barrio, la mañana. De la mano de un aire pequeño y de ojos claros, como de almendra. Vuelvo la esquina, y a la puerta de la casa rosa que ocupa desde hace unos meses el comedor social aguarda un grupo de hombres y mujeres. Son estables, se conocen y hablan entre ellos». Está siempre presente el detalle, la sugerencia, el puntillismo, la mirada de lo humilde: «Ya sólo en algunos barrios se ve la lepra en las cornisas y la ropa tendida. Y siluetas pegadas como grafitis a los muros en aceras estrechas, perros sin dueño, paredes sin sujetar, desenclavadas. Y huele dulce o turbio, pero todo dice algo, se desliza entre tus pasos o se encarama a tus espaldas. Hay un pasado tuyo que no sé si tiene que ver con lugares pobres, maderos viejos y tapiales, bocanadas de campo y tierra mojada, álamos vibrando, luminarias. La infancia, para resumirlo todo. Y vas buscando en las calles de la ciudad ese alma pobre».

Este ritmo, el estilo peculiar, lo gratificante de su mirada generosa, la capacidad para ver los detalles en apariencia insignificantes, el estímulo de las sugerencias se enriquecen con una prosa limpia, eficaz, esencial. La belleza ilumina los pasos del caminante.

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