«Las personas cuidadoras tienen un riesgo alto de soledad»

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León

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carmen TaPia

LEÓN

Amaia Calderón-Larrañaga analiza en el Centro de Estudios de Envejecimiento del Instituto Karolinska, en Estocolmo, la forma en que la provisión de cuidados informales por parte de las personas mayores (un fenómeno cada vez más común) afecta a sus propias trayectorias de salud y bienestar».

—¿Qué relación tiene con el Centro Alzhéimer de León?

—Conocí a Regina Granja, presidenta de la asociación, hace unos años, y nuestra interacción y cercanía han ido en aumento, en la medida en que compartimos intereses profesionales comunes. El 18 de septiembre me invitaron a presentar y compartir nuestras investigaciones con motivo del Día Mundial del Alzhéimer, y no puedo más que agradecerles por dicha invitación. Fue una jornada preciosa, donde tuvimos la oportunidad de reflexionar sobre los principales retos ligados a los cuidados de los pacientes con demencia, junto con las personas directamente implicadas en la provisión y coordinación de dichos cuidados. Tal y como les dije en su día, estoy convencida de la importancia de estos encuentros entre población general y profesionales si queremos dar respuestas efectivas al previsible incremento en la demanda de este tipo de cuidados en los próximos años.

—¿Qué son los cuidados informales?

—Por cuidado, asistencia o apoyo informal nos referimos a la ayuda prestada de forma regular a la pareja, hijos u otros familiares o amigos que sufren alguna discapacidad o enfermedad crónica. A diferencia de los cuidados formales, los cuidados informales se proporcionan de forma voluntaria, como resultado de una relación social previa y sin compensación económica ni formación específica. Cubren labores tanto de cuidado personal como de supervisión, así como tareas más prácticas relacionadas con lo doméstico y el mantenimiento del hogar, el transporte, la comunicación con los servicios sanitarios y la administración, o incluso con la gestión financiera. Con gran frecuencia, los cuidados informales contribuyen además a evitar el aislamiento social de la persona cuidada. Actualmente los cuidados informales siguen siendo la principal fuente de cuidados provistos a las personas mayores que viven en la comunidad, llegando a cubrir hasta dos tercios del apoyo total recibido. Se estima que, a nivel europeo, el 29% de las personas mayores de 65 años y el 48% de los mayores de 80 años reciben algún tipo de cuidado informal. Cuidar de un familiar o amigo puede ser una experiencia positiva y gratificante, pero también puede acarrear consecuencias negativas para la salud de los/las cuidadores/as y sus familias, lo cual, a su vez, afecta desfavorablemente a la propia labor de cuidado. De ahí la importancia de poder complementar dicha labor con la ayuda de los cuidados formales.

—¿Cree que hay una verdadera conciencia social de la importancia de abordar los cuidados en la vejez?

—Según estadísticas europeas recientes, se estima que las mujeres y hombres de 65 años viven el 27% y el 20% del resto de sus vidas en condiciones de dependencia, y se espera que estas proporciones evolucionen al alza. El envejecimiento poblacional avanza, además, imparable. De forma paralela, estamos viviendo cómo la financiación pública y el número de empleados en el ámbito de los cuidados de las personas mayores han sufrido recortes significativos en la mayoría de países europeos. De no hacer nada por evitarlo, en un futuro próximo la brecha entre las necesidades de un número cada vez mayor de personas mayores y la disponibilidad de servicios de apoyo social, tendería por tanto a crecer. La demanda de cuidados puede intensificarse además en contextos de crisis de salud pública como la pandemia de covid-19. La pandemia supuso un revulsivo claro a la hora de replantearnos las necesidades de salud y bienestar de las personas mayores, pero se trata de un tema que no siempre recibe la prioridad necesaria en las agendas políticas.

—En los últimos años se pone el énfasis en la soledad no deseada que sufren las personas mayores. ¿Es un problema nuevo?

—Este es otro de los temas que la pandemia puso en el centro del debate social y político. En Europa, cerca del 12% de las personas mayores declara tener niveles altos de soledad y/o de aislamiento social. En España, esos valores son significativamente más altos, situándose en un 20% y un 25% respectivamente. Los efectos en la salud de la soledad no deseada y del aislamiento social parecen ser comparables a los de la obesidad, la inactividad física o el consumo de tabaco, tres de los problemas de salud que más gasto sanitario conllevan para los sistemas nacionales de salud. A propósito de los cuidados informales, se ha demostrado que existe un mayor riesgo de soledad en las personas cuidadoras, en parte debido a una menor disponibilidad para interactuar con sus propios familiares y amigos.

—El cambio social y la organización familiar obliga a un cambio en los cuidados. Hasta hace poco, todas las administraciones abogaban por cuidados profesionales y ahora parece que hay un giro de la vuelta a casa, al cuidado en el hogar. ¿Hacia qué modelo vamos?

—Todo apunta a que avanzamos hacia modelos de ‘envejecimiento en el propio hogar’ o, en otras palabras, la desinstitucionalización y la refamiliarización del cuidado de personas mayores. En Suecia, por ejemplo, el número de plazas residenciales ha disminuido un 25% en las últimas dos décadas. Esto ha provocado un aumento considerable del número de adultos mayores que viven la última parte de sus vidas en la comunidad. Estas personas tienen, por lo general, necesidades asistenciales complejas, caracterizadas por la coexistencia de múltiples patologías, deterioro funcional, y dificultades emocionales. Es decir, no deberíamos olvidar que este creciente grupo de personas requiere de cuidados adicionales, en relación con aspectos personales, domésticos y médicos, que no pueden recaer exclusivamente en el cuidado informal por parte de las familias. Si el objetivo es cuidar bien, la complementariedad de cuidados formales e informales resulta imprescindible.

—Las familias han asumido tradicionalmente el cuidado de los mayores y las personas dependiente, sin ayudas. Luego vino la Ley de Dependencia para cambiar el concepto de los cuidados y apoyos para una vida independiente. ¿Cómo ve ahora mismo el desarrollo de la Ley de Dependencia?

—Uno de los problemas de esta Ley es el insuficiente refuerzo de la red de servicios formales (profesionales) de apoyo y del soporte administrativo necesario para la rápida tramitación de las ayudas, como consecuencia de una insuficiente financiación. La compensación monetaria a las personas cuidadoras informales representa una medida necesaria en muchos casos, pero sin duda insuficiente ante un problema que requiere de políticas de implementación claras y decididas por parte del conjunto de las comunidades autónomas y demás administraciones públicas.

—¿Quién cuidará en el futuro a las personas que hoy son cuidadoras cuando sean mayores?

—Se vienen observando cambios importantes en el perfil demográfico de las personas cuidadoras. La reducción del tamaño de las familias, el aumento de la movilidad geográfica, el aplazamiento de la edad de jubilación y la creciente participación de la mujer en el mercado laboral están conllevando un aumento de la edad promedio de los/as cuidadores/as informales. Si bien las mujeres de 50-55 años constituyen aún la mayor parte del total de las personas cuidadoras en los países de la OCDE, los hombres y mujeres mayores de 70 años son los que acumulan el mayor número de horas de cuidado. En Suecia, por ejemplo, aproximadamente una cuarta parte de los/as cuidadores/as en el ámbito del hogar tienen entre 75 y 84 años. Nos llegan también evidencias desde Reino Unido que indican que el grupo de cuidadores de tercera edad está creciendo más rápidamente que los de edades más jóvenes. Los/as cuidadores/as mayores podrían estar en situación de especial vulnerabilidad debido a la combinación de sus propios problemas de salud relacionados con la edad y los riesgos físicos y psicológicos derivados de la actividad cuidadora.

—¿Qué medidas considera necesarias tomar desde ahora mismo para abordar los cuidados de los mayores y dependientes que serán mayoría si tenemos en cuenta la tendencia de la pirámide poblacional?

—Si efectivamente queremos que nuestros mayores estén bien cuidados y permanezcan en lo posible en el entorno del hogar, se requiere de una generosa inversión pública en servicios formales de atención a las personas mayores, que cuenten con profesionales formados y con condiciones de trabajo adecuadas, seguras y estables. Ello no supone abogar por modelos de sustitución completa. Serían más deseables modelos complementarios, donde coexistiera la provisión de cuidados formales e informales, intentando garantizar siempre la calidad del cuidado y, para ello, en el caso de los cuidados informales, prestar especial atención a la salud de las personas cuidadoras. Se ha demostrado que, a mayor número de horas semanales y frecuencia de apoyo, el riesgo de que el/la cuidador/a desarrolle depresión, trastornos del sueño y enfermedades cardiovasculares aumenta exponencialmente. Curiosamente, en los países nórdicos, donde la disponibilidad de recursos públicos para el cuidado de los mayores es de las más extensas, la prevalencia del cuidado informal es mayor, mientras que la prevalencia del cuidado informal intenso (más de 10 horas semanales) es menor que en el resto de países europeos. Es decir, políticas públicas como las citadas tienen efectos tanto de atracción al entorno familiar de cuidados de menor intensidad, como de desplazamiento al ámbito del cuidado formal de aquellos cuidados que por su complejidad así lo requieren.

—Si se pregunta, la mayoría de la población preferiría vivir en casa, pero no siempre es posible por el grado de dependencia y la absoluta necesidad de apoyos. ¿Cómo deberían ser los centros residenciales del futuro o del presente?

—Atul Gawande sostiene en su libro Ser mortal: La medicina y lo que importa al final que el problema de las residencias de ancianos es que con gran frecuencia se centran en la seguridad de sus residentes en detrimento de aquellos aspectos que dan sentido a la vida, como tener un propósito, pasar tiempo con la familia, o la capacidad de controlar la agenda y horarios propios. El autor habla de las tres plagas de la vida en los centros residenciales: aburrimiento, soledad e impotencia. También en este caso la calidad del cuidado conlleva instalaciones, recursos y financiación adecuados, profesionalidad, trabajo interdisciplinario y coordinación con la red de cuidados comunitarios formales e informales. Pienso que se está avanzando mucho

—El cuidado de las personas dependientes es una fuente de estrés para el cuidador. Se insiste mucho en que la persona que cuida tiene que cuidarse para cuidar, pero psicológicamente no siempre es posible. ¿Cómo enfrentar los cuidados en una sociedad cada vez más individualista, con trabajos cada vez más demandantes, sin horarios y con sueldos cada vez menores?

—A estos retos añadiría el aplazamiento de la edad de jubilación, que también entra en conflicto con la creciente demanda de cuidadores. Además de reforzar los servicios formales de atención a las personas mayores, tal y como mencionaba anteriormente, es necesario contar con suficientes recursos de apoyo a los/as cuidadores/as informales para evitar situaciones de sobrecarga y estrés. En Suecia, datos recientes muestran que el 20% de las personas cuidadoras no reciben suficiente apoyo público, y aquellos con responsabilidades de cuidado intensas y extensas (como es a menudo el caso del cuidado conyugal) son especialmente críticos con el hecho de que los recursos disponibles no están suficientemente alineados con sus problemas y necesidades individuales. Esto explica, al menos en parte, por qué muy pocas intervenciones han demostrado ser efectivas a la hora de reducir los niveles de sobrecarga y estrés del cuidador.

—Si se pusiera precio a los cuidados en casa de una persona dependiente ¿cuál sería? ¿es asumible por el Estado?

—Los cuidados informales tienen un elevadísimo valor económico. En Suecia, se estima que el coste de reemplazo de los cuidados es de unos 152 mil millones de coronas al año, lo cual supone alrededor de un 3% del PIB. El grupo de María del Mar García-Calvente de la Escuela Andaluza de Salud Pública ha calculado que, en España, el coste de reemplazo de un/a cuidador/a es de 80.000 euros anuales. Cabe señalar que el precio medio anual de una plaza en un centro de día y en una residencia son de unos 8.750 y 18.000 euros, respectivamente. ¡Los datos hablan por sí solos!

—Cada país tiene su forma de afrontar los cuidados. ¿España lo hace bien?

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—Países como España, Portugal o Polonia acumulan las tasas más altas en cuanto a la cantidad de cuidados prestados de manera informal. Más concretamente, en esto países, más del 50% de las personas cuidadoras informales provee más de 20 horas semanales, mientras que en los países nórdicos tan sólo el 9% de las personas cuidadoras proporciona tal cantidad de horas de cuidado. Pienso que asociaciones como Alzhéimer León son claves a la hora de sensibilizar al sector político y a la población sobre la inaplazable necesidad de mejorar las condiciones de los/as cuidadores/as en nuestro país.