Diario de León

Obradores de humanidad

Los últimos ‘amasaos’ del pan de pueblo en León

Sin relevo porque «la gente no quiere ya madrugar», con la clientela menguante por la despoblación o ignorados por las instituciones, claudican históricos obradores de Senra, Valderrueda, Lillo del Bierzo y Valencia de Don Juan.

Después de cocer el pan toca repartir, Manolín llegaba a sesenta pueblos a la semana. RAMIRO

León

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Al menos cinco obradores rurales leoneses entre los cien años y el medio siglo dejaron de amasar pan con las doce campanadas de 2023. «Pago los mismos impuestos que en Madrid, con la diferencia de que en Madrid van los clientes a la tienda y yo tengo que recorrer 130 kilómetros diarios para vender el pan», lamenta José Manuel Robla González.

Manolín daba servicio a sesenta pueblos a la semana. «No hay gente y la poca que hay no alcanza para dos panaderos». Ya nada es como antes. Ni en invierno, ni en verano. Ningún pueblo ha quedado sin pan, pero han perdido el trato humano que tenían con Manolín.

«Se vende menos y no tenemos trabajadores», aseguran, desde Valderrueda, los últimos panaderos de la saga Praval, Francisco de Prado y Mari Carmen de Prado. Una panadería con tres hornos que fundó su abuelo, Luis de Prado Valbuena, hace casi un siglo. No han encontrado relevo. «La gente no quiere trabajar. Es esclavo trabajar de noche y repartir de día», asegura Francisco.

El pan de Valderrueda, con su única hogaza de dos kilos, llegaba hasta León, Mansilla de las Mulas, Cistierna, Guardo, Saldaña y Santibáñez. Ninguno se quedará sin pan, pero sí sin la vocación de servicio de Praval y el sabor especial del pan cocido con leña y sobre piedra. Francisco recuerda que «lo primero que vi cuando abrí los ojos al llegar a este mundo fue harina». Sesenta y nueve años después, con 52 de vida laboral, dejó de amasar. Aún recuerda cuando las cadenas de los coches se ponían con gato y le dolían las uñas del frío cuando había que «repartir con los hielos».

Ya no comen pan de Senra en 60 localidades de Omaña. «Son muchos pueblos, pero poca gente y no hay (negocio) para dos panaderías», subraya Manolín. Queda abierta la de Murias de Paredes y con otro panadero se han repartido el territorio de Manolín. La despoblación y la falta de medidas de acción positiva como una fiscalidad diferentes para los pequeños negocios del medio rural echan el cierre a una panadería casi centenaria. «Tenía la ilusión de llegar al siglo con este horno pero no puede ser», lamenta Manolín. Le faltaron dos años. La panadería fue fundada por su tío abuelo José Porras en 1926. Desde entonces el horno se ha encendido todos los días hasta el 31 de diciembre de 2023.

Su padre, Tino Robla, tomó el relevo. Y Manolín es la tercera generación, junto con su hermana, que le ayudaba sobre todo en la temporada de verano. Manolín se crió entre hogazas y a los 16 años se puso a amasar, hornear y repartir. Solo la mili le apartó del fuego que cada día enciende a las cinco de la madrugada. Mientras el nuevo ministro de Economía, Carlos Cuerpo, tomaba posesión de la cartera y la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, la de vicepresidenta primera del Gobierno, este panadero ya llevaba varios pueblos de recorrido desde que salió de Senra y luego a Vegarienza. Nadie se acordó de los Manolines del mundo rural.

Dio la última campanada con su pan en Sosas del Cumbral ese último domingo del año. «A este pueblo subo para vender dos barras de 1,10». Solo vive allí una mujer con su padre y dos hijos. Manolín vive a dos kilómetros de su obrador, en el pueblo de Lazao y se levanta media hora antes para llegar a Senra.

La labor social que hace un panadero en los pueblos no figura en los papeles de Hacienda. «Hay pueblos a los que voy y me molesto en mirar cómo están, si han abierto a las gallinas o han encendido la lumbre, para saber que están bien, no me limito a dejar el pan en la bolsa», aclara.

«Les he llevado al banco, les he subido la leche. A alguno le he cortado hasta las uñas y recuerdo a una mujerina que andaba de rodillas subiendo el carbón y le dejé calderos para tres días, cuando volvía con el pan», relata. Tener un panadero cerca da tranquilidad a los habitantes de los pueblos.

«Es un vergüenza como está esto de abandonado, con lo que se puede aprender de la gente mayor», agrega. Nunca agradecerá lo bastante, asegura, «lo que yo he aprendido con los mayores en estos pueblos, saben más que cualquiera que haya ido a la universidad», añade.

Una labor que lleva en su recuerdo como hogazas de humanidad junto a los ‘diplomas’ «al mejor panadero del mundo» que le regalaron de homenaje sus admiradores preferidos, los niños. «Para mí los niños son lo más bonito y como les hago magia con el pan me tienen cariño», comenta..

Lo que no puede hacer es milagros con las cuentas de su obrador. «Ya me cansé de hacer caridad», añade. La desigualdad de trato fiscal para negocios rurales que no tienen las mismas oportunidades que en las grandes ciudades le ha desalentado. «He luchado muchísimo y se acabó». «Aguanté, aguanté y se acabó. Llevo cuatro o cinco años peleando y he llegado a la conclusión de que no puedo levantarme todos los días a las cuatro y media de la mañana para perder dinero», subraya.

Con el panadero de Senra, como el de Valderrueda, Lillo del Bierzo se pierde también una manera de amasar. «Estoy haciendo el pan exactamente igual que hace cien años, sin masas madres ni potingues», apunta.

Amasar es parir cada día el pan. «La masa lo que necesita sobre todo es buena harina y tiempo. Un amasado son tres horas y media o cuatro de reposo», recalca.. Compra la materia prima a Harinas Carbajo, de Benavente, desde que cerró la harinera de Nistal de La Bañeza, precisamente a primeros de 2023 después de más de un siglo de actividad.

Mientras el pan se hornea, prepara las empanadas y, después, un pequeño desayuno y a empezar la ruta. Manolín lleva el pan a sesenta pueblos de los municipios de Murias de Paredes, Riello y parte de Soto y Amío. El domingo, al contrario que todo el mundo, el panadero madruga más que nunca. Empieza la faena a las tres de la madrugada, «hacemos tres amasaos». El domingo, con su último amasao, tendrá que contener las lágrimas para que no caigan sobre la masa. «Ya estoy llorando», confiesa emocionado.

Desde hace unos años ni el verano es buena época para el panadero de Senra. «No viene gente más que un poco a partir del 15 de julio», apunta. Antes, recuerda que el mes de agosto era un no parar de amasar, hornear y repartir. No había tiempo casi ni para echar una siesta.

Después de 36 inviernos, 36 veranos, 36 otoños y otras tantas primaveras llegó la hora de su último amasao. El panadero no ve resultados de la lucha contra la despoblación que tanto se proclama desde despachos y gabinetes de prensa. El cierre de los bancos fue la puntilla y «gracia que tenemos buenos médicos que se molestan y hacen auténticos milagros, visitando a la gente en las casas». «Tendría que ser obligatorio que los políticos vivieran aquí un mes y con el sueldo de aquí», añade, para que de una vez por todas conozcan las condiciones reales con pueblos como Vivero, en los confines de Omaña, donde solo viven una madre y dos hijos.

La alcaldesa de Murias de Paredes, Carmen Mallo, lamenta la que considera la «crónica de una muerte anunciada». «Cuando no se escucha a la gente que vive y trabaja en el territorio, el final es fácil de predecir», recalca. «Llevo dieciséis años reclamando y peleando por una fiscalidad adaptada a las necesidades de la gente que trabaja en sus pueblos», añade. Los pueblos «no queremos miserias ni migajas, nos hace falta que se mire y se entienda lo que estamos reclamando durante tantos años». sentencia la regidora.

Han pasado 36 años y dos meses desde que Manolín empezó su oficio de panadero en el horno familiar de Senra. Ahora se dedica a cuidar las vacas con su hermana, que le echaba una mano en la panadería en verano. «No pido nada a nadie. Sólo tengo un deseo: ver amanecer. Es lo más bonito». De vez en cuando, promete, encenderá el horno, el lugar donde ha pasado todas las noches de su vida, lleno de historias con olor a pan. Quiere que el obrador llegue que llegue con buena salud al centenario. El obrador de Senra, como el de Valderrueda, casi centenarios, no figuran en ningún inventario del patrimonio material e inmaterial de León ni del mundo.

De vez en cuando enciende aún su horno de barro de escopeta (se arroja por un lateral en lugar de por debajo) Maxi Díez Valdeón en Acebedo. La panadería Valdeón que fundaron su abuelo y su tío, hace 61 años, llevaba seis años cerrada. «Tenía mucho negocio y vendía hasta en Campo de Caso, en Asturias, pero me levantaba a las seis o las siete de la mañana y eran las diez de la noche y Maxi andaba por ahí y sin vacaciones». Cuando su esposa enfermó, decidió cerrar. Trabajó cuatro años más en Riaño y se jubiló. «No he dado de baja la panadería porque si algún día mis hijos quieren abrirla, sería imposible», alega. Maxi tenía tres años cuando su padre y su tío empezaron con el negocio. «Mi abuelo iba a repartir con un aserré y el caballo Lirio». Otros tiempos.

En Valencia de Don Juan cerró a finales de 2023 Unipaco, una sociedad cooperativa de 51 años de edad. Carlos de la Fuente, el último socio trabajador, claudicó por falta de mano de obra y un negocio tan menguante o más que los censos de población de los pueblos que atendía a los 20 kilómetros a la redonda. «Tengo 47 años cotizados y 63 años y medio y era cerrar o arruinarme», comenta. Es la cuarta generación de esta empresa que echó a andar en 1972. Los hornos apagados esperan suerte en una nave de 1.200 metros cuadrados y otros 4.000 libres.

«He estado cinco años y medio sin parar ni un solo día. Murió mi padre y casi no lo pude ni velar», lamenta. Falta mano de obra y vocación. «Para hacer pan artesano hay que madrugar», alega. Los supermercados han hecho el resto, con la masa congelada, la comodidad y unos precios difíciles de igualar.

Los panaderos y panaderas, los que reparten pan y humanidad por los pueblos, son una especie en peligro de extinción. Según datos de la Cámara de Comercio de León, a septiembre de 2023, hay 161 negocios de pan en la provincia, 14 en la capital. Son dos menos que en 2022.

El goteo de cierres de los obradores de pueblo ni siquiera tiene un número exacto. No se lleva la cuenta de las que han claudicado y aún pueden ser museos vivos para enseñar a amasar pan artesano de verdad. Con el cierre de estos obradores se pierde una sabiduría heredada como los hornos, una forma de vida a la que el siglo XXI no da valor.

Gratitud

«Nunca agradeceré lo bastante lo que he aprendido de la gente mayor en estos pueblos»

Panadero servicial

«Les he llevado al banco, les he subido la leche. A alguno le he cortado hasta las uñas»

Después de cocer el pan toca repartir, Manolín llegaba a sesenta pueblos a la semana. RAMIRO

Después de cocer el pan toca repartir, Manolín llegaba a sesenta pueblos a la semana. RAMIRO

Después de cocer el pan toca repartir, Manolín llegaba a sesenta pueblos a la semana. DL 

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