LONGEVIDAD
Teresa, 99 años y tocando la pandereta: "La mayor riqueza del mundo es la alegría"
La última panderetera de Villaquilambre del trío que entregó su legado a La Braña
«La mayor riqueza del mundo es la alegría», es el saludo de Teresa, con 99 años, al entrar en el salón de su casa, mientras apunta al enorme ventanal por el que se cuela toda la luz que tenga el día y el escaso ajetreo de la calle. «He vivido en dos siglos y en cinco ayuntamientos», agrega. Y sobrevivió a una guerra de verdad, la que vivieron los pueblos del frente norte entre Asturias y León entre 1936 y 1937.
«Vino la guerra y vino el infierno», dice como si reflexionara para sus adentros. Teresa Álvarez de Celis es una de las últimas personas que puede dar cuenta en primera persona de la desolación y la destrucción que supuso la Guerra Civil en la montaña central de León. «En Llombera hubo dos bombardeos y nos tuvimos que refugiar en una cueva, mataron a cinco personas», relata. Habían salido de Solana de Fenar con enseres y ganados camino de Asturias con las tropas franquistas pisándoles los talones.
Cuando alcanzaban el puerto de Pajares, las bombas de los stukas alemanes dispersaron a la gente y el ganado salió en estampida. «Yo iba con mi hermano de dos años en brazos y me refugié en una alcantarilla», añade. Cuando pasaron las ráfagas de muerte, su familia ya no estaba. «Iba llorando como los pájaros que «miagan», sin desayunar y sin comer y con el niño en brazos. Me dieron unas manzanas y me preguntaron: ¿de dónde vienes, niña?».
«De muy lejos, del Ayuntamiento de La Robla», contestó Teresa. «¿De qué pueblo?», quisieron saber. «De Solana de Fenar», respondió la pequeña sin dejar de llorar. «De allí conozco a unos techadores», le informaron. «Eran mi padre y mi abuelo», añadió ella. Y así fue como la encaminaron a Campomanes. Poco antes de alcanzar el pueblo, aferrada a su hermano, encontraron a su madre y otros vecinos huidos. Y hubo quien propuso darle una tunda.
A la vuelta a León, a su padre lo llevaban preso en un camión a San Marcos y a ella le dieron una chocolatina los soldados alemanes. Cuando llegaron a Solana, el pueblo «estaba arruinado» y, para quitar una boca que dar de comer y ganar un jornal, a Teresa la mandaron a servir a Pontedo, en el municipio de Cármenes. La anciana, que cumplirá 100 años el 26 de julio de 2025 y mantiene una sonrisa perenne en su rostro, cuenta todo esto para explicar por qué la primera vez que tocó la pandereta estaba en Pontedo con apenas 11 o 12 años. «En aquel pueblo todas tocaban la pandereta», recuerda mientras se arranca a cantar: «Tienes unos ojos niña como ruedas de molino».
Durante casi una década vivió y tocó en Pontedo todo lo que quiso. Después se fue a trabajar a León y, ya moza, volvió al pueblo porque nació otro hermano y reclamaron su ayuda en casa. Teresa fue la mayor de siete hermanos. Cuando el niño creció un poco, se fue a trabajar a un molino en Villaquilambre, donde, tras una breve estancia en La Virgen del Camino ya casada con Alejandro, el Rubio, se avecinó para siempre en este pueblo que vio crecer como la espuma sobre las tierras de labor.
Teresa Álvarez de Celis es la última de «las Pandereteras de Villaquilambre», como se conoce a las tres mujeres que a principios de los 80 entregaron uno de los legados más valiosos de la tradición oral a La Braña. Las voces y el toque de pandereta de Teresa, Nieves y Tere, con un caudal de «492 canciones», puntualiza su hijo Ramón, quedaron inmortalizadas en grabaciones que se realizaron con uno de los voluminosos magnetofones de la época. En 2018, la Junta Vecinal de Villaquilambre, publicó un disco homenaje con 20 temas remasterizados.
Seis años después, solo queda Teresa. A su edad, toca la pandereta con una destreza admirable y al estilo gallego, puntualiza su nieto Jaime: «Con la pandereta en la mano derecha y tocando el cuero con la izquierda. «En León se toca al revés», apostilla. «En mi casa eran muy tocadores y nos llamaban los Luceros», afirma al señalar que, además de todo lo que aprendió en Pontedo y con Teresa la del molino, la música también andaba en la genética familiar.
La fama de Tere, Teresa y Nieves se extendió desde Villaquilambre. Todos los domingos tocaban en el baile. «Un día vino el alcalde de Los Barrios de Luna a mi casa y me dijo que quería que fuera a la fiesta del Pastor». De aquel año recuerda que le dieron una cacha como reconocimiento y luego que ganaron un premio por los carros engalanados en León en San Froilán.
«Novios no tuve muchos, pretendientes sí», comenta cuando recuerda la boda con Alejandro, que fue «muy sonada» en Solana de Fenar. «Nos conocimos en Villaquilambre, pero él también era de Fenar». Era jefe de obra, pero un accidente le apartó de la construcción y abrieron el famoso bar La Raya (hoy La Raya II, en traspaso o alquiler), con «la barra en Villaquilambre y el comedor en Navatejera». «Trabajé mucho. Hicimos la casa mi marido y yo, atropábamos la piedra», recalca.
Al filo del centenario saluda al día cantando en el salón y, a veces, mientras su hija Sofía hace las labores, «lloro en soledad», confiesa apuntando al retrato de su marido. Luego vuelve la alegría. Teresa tocar la pandereta y canta sin rogativas. Lo mismo se arranca con un «Si me quieres escribir...» en versión canción leonesa, que con la «Blanca paloma» que tanto le recuerda a Nieves, que «cantaba como los ángeles». Las Pandereteras de Villaquilambre son aún leyenda viva en Teresa y un tesoro para La Braña que, en su biografía, anota en 1981: «Teresa, Tere y Nieves, se convierten en la mayor fuente de información de primera mano sobre las canciones tradicionales leonesas inéditas y su contexto». Teresa es la última joya de aquel tesoro.

La panderetera Teresa Álvarez.
La panderetera Teresa Álvarez

La panderetera Teresa Álvarez.
La panderetera Teresa Álvarez

La panderetera Teresa Álvarez.
La panderetera Teresa Álvarez

La panderetera Teresa Álvarez.
La panderetera Teresa Álvarez

La panderetera Teresa Álvarez.