DE LEÓN AL FIN DEL MUNDO
Nietas de las merinas leonesas en la Patagonia
La tradición ovejera en Magallanes busca futuro en la lana, la carne y el turismo

Katia Vergara, fundadora de Patagonia Hecha a Mano con un ovillo de lana merina. gaitero
Guanacos blancos. Así llamaban los ona o los selk`nam, pueblos originarios de la región austral de Chile, a las ovejas que, a mediados del siglo XIX, empezaron a pastar las vastas extensiones de la Patagonia. Las tribus a las que Fernando de Magallanes bautizó como patagones cuando descubrió el estrecho que lleva su nombre en 1520 cazaban estos animales para su sustento y para cubrirse con sus pieles sin ayuda de perros ni de caballos, otras especies que sorprendieron a los indígenas que fueron desplazados de sus tierras, confinados en islas y aniquilados, por los colonos europeos, chilenos y argentinos para dejar espacio a las ovejas.
«Una oreja, una libra» es la frase que corría de boca en boca desde Punta Arenas, la ciudad fundada en 1848 como colonia penal y puerto franco de Chile. Los terratenientes pusieron precio a la vida de los pueblos que habitaron durante más de 6.000 años aquellas tierras atravesadas por canales naturales que fueron el escenario de la primera globalización de la historia cuando la expedición que partió del puerto de Sevilla en agosto de 1520 cruzó el estrecho que comunica el océano Atlántico con el Pacífico, punto de partida de la primera circunnavegación de la Tierra y paso marítimo principal entre los dos mares hasta que se abrió el canal de Panamá en 1904.
Las merinas, que ingleses y franceses habían conseguido sacar de España en la guerra de la Independencia con la marca de los puertos pirenaicos leoneses en su ADN, llegaron a la Patagonia chilena desde las islas Malvinas. El visionario fue el gobernador chileno Diego Dublé Almeyda que navegó en una corbeta hasta Puerto Argentino y adquirió un lote de 300 ovejas que vendió en Chile al británico Henry Reynard. Fue en 1878. La experiencia de la cría de la oveja en la isla Isabel fue todo un éxito y otros colonos siguieron sus pasos mientras la fiebre del oro, que después resultó ser carbón, movía a otras oleadas de migrantes.

Ovejas magallánicas con las icónicas Torres del Paine de fondo.
Las persecuciones a los judíos en Lituania a finales del XIX incentivaron las primeras migraciones de Europa del este a estas tierras lejanas e ignotas, de clima extremo y oportunidades desconocidas. Luego siguieron su camino cientos de croatas y otros europeos que huían de la I Guerra Mundial. La cría de ovejas se asentó sobre las subastas de tierras y la construcción de «estancias», siguiendo el modelo ideado en Australia y Nueva Zelanda.
Los galpones o naves para la esquila son la edificación más grande de las estancias. La lana era el producto más preciado de las ovejas en aquellos primeros tiempos. La industria textil británica era la principal consumidora de la fibra natural de las ovejas.

Monumento al ovejero en Punta Arenas, capital de la provincia XII de Magallanes (Chile).
En Londres se creó, en 1887, The Patagonian Sheep Farming Company, que construyó la estancia Kimire Aike para la cría de las ovejas y fue precursora de los frigoríficos cuando el precio de la lana decayó tras la I Guerra Mundial y se centraron en la carne para exportación.
Los vínculos británicos continúan a día de hoy, aunque la lana ya no se procesa en la Standard Wool Chile de Punta Arenas. En esta fábrica se lavaban, cardaban y peinaban cerca de tres millones de kilos de lana con destino a Gran Bretaña, Italia, Irán, China y Estados Unidos, principalmente. La maquinaria fue vendida a China en 2021 y ahora muchos vellones se quedan en los galpones, como sucede en España.

Galpones o esquiladeros de la estancia San Gregorio, fundada por el asturiano José Menéndez.
Todo el mundo espera a que vengan a comprar la lana sucia y se la lleven. Pero eso ya no se va a dar», asegura Katia Vergara, fundadora de Patagonia Hecha a Mano hace ya 15 años. Esta empresa colaborativa, que emplea a 28 mujeres y 15 hombres, es un ejemplo de innovación a partir de una materia prima de calidad y oficios artesanales. Es un modelo de reinserción social que rompe con los estereotipos de género. El hilado de las lanas lo realizan hombres. Son internos de la prisión de Punta Arenas que participan en el programa de reinserción Hilando libertad.
También destaca la crianza de la oveja Merino bajo buenas prácticas, de manera extensiva en las pampas magallánicas. «En la medida en que uno vaya dándose ideas la lana va a quedar vigente», afirma. Katia estudió acuicultura en Osorno y volvió a Magallanes para formarse en ingeniería en administración de empresas, una capacitación que le ha servido «para que el negocio no muera».

Caravana de carros que transportan la lana desde Punta Arenas a los puertos de la Patagonia, en la era dorada de la ganadería ovina, en una foto en el hotel Casino Dreams de Punta Arenas.
Algunos de sus trabajos han sido incluidos en Artesanías de Chile, en la marca Hilo hecho a mano. La «lana de oveja merino magallánica de alta calidad» es el sello distintivo que llevan los chalecos por las ocho artesanas de la agrupación Acurruca, mientras que los kits para tejer han sido hilados por los presos de Punta Arenas. «Si bien la cárcel se caracteriza por su ambiente machista, actualmente estas clases tienen lista de espera por su gran éxito entre los internos», señala Artesanías de Chile.

Ovejas en el exterior de un galpón antes de la esquila en una foto histórica.
Katia viene del campo, de abuela chilota y mapuche, siempre ligada a la tierra y crianza de ovejas. «Hay que buscar otros usos para la lana, combinando saberes», apunta. «Ecocuero le ha incorporado fibras de lana», apunta como ejemplo de innovación. Incluso cuando la lana es de menos calidad para el hilado puede usarse como abono: «La lana sucia es rica en potasio e hidrógeno y otros nutrientes para las plantas».
En las prendas que elaboran artesanalmente usan lana de Merino magallánico y también Linconl y Corriedale, que son más aptas para el teñido que la de merino. En la provincia de Magallanes se ha desarrollado una nueva raza, la Patagonian Robertson Merino (PRM), que se suma al listado mundial de más de 20 razas de lana fina derivadas del tronco genérico de la raza ovino Merino. Katia recuerda que las ovejas están asociadas «al genocidio Selk`nam» pero cree que la labor que llevan a cabo, artesanal, ecológica y social, «es una manera de honrar a nuestros antepasados».
El monumento al ovejero, el pastor, está a las afueras de Punta Arenas. Un pastor encorvado por el viento austral camina con su ato de ovejas seguido por su fiel perro ovejero y una mula. La riqueza que las ovejas dieron a esta ciudad se puede observar en algunas de las mansiones que conforman el casco histórico de Punta Arenas, como los palacios de José Menéndez o el de Sara Braun. Las agencias de viajes ofrecen paquetes turísticos para visitar estancias en la época de la esquila, cuando los rebaños se pueden contemplar de cerca. Antiguos galpones en desuso se han reconvertido. El restaurante La Esquila riega el asado de cordero con vino chileno y música, con cueca y folclore pampeño.
La Estancia de San Gregorio, al norte de Punta Arenas, fue fundada por el asturiano José Menéndez y edificada a partir de 1878 por el pionero Marius Andrieu. Es uno de los principales testimonios del modelo de gestión agroindustrial que representaron las estancias en la zona austral. Fue declarada monumento nacional en el año 2000 y ahora se puede visitar.
La producción ovina de lana, sebo, carne y cueros, fue durante casi un siglo el principal recurso económico de la región. Son las ovejas del fin del mundo que tejen un nuevo comienzo para la lana. Con permiso de los guanacos.