OBITUARIO
Adiós al obispo de los pobres
Nicolás Castellanos, el obispo leonés que lo dejó todo para irse de misionero, deja un legado de más de 30 años en Bolivia

La obra de un misionero leonés en Bolivia.
Nicolás Castellanos Franco (Mansilla del Páramo. 1935 – Santa Cruz de la Sierra. 2025) «pasó a la habitación de al lado» —como se refirió a la muerte San Agustín— en su querida misión boliviana. Leonés de corazón universal, entregó una gran parte de su vida a los más pobres del planeta desde que, en 1991, dejó voluntariamente la Diócesis de Palencia para poner en marcha la Fundación Hombres Nuevos.
Obispo en España y padrecito en Bolivia, este agustino de la generación de vocaciones de la posguerra deja una huella de obras y varias generaciones bolivianas formadas para tomar las riendas de la fundación. En el corazón del Plan 3000, el barrio más pobre de Santa Cruz de la Sierra, tenía su «palacio», una sencilla morada en la que vivía en comunidad rodeado del equipo de Hombres Nuevos.
A Nicolás Castellanos, premio Príncipe de Asturias de Asturias de la Concordia en 1998, le encantaba regar el césped del patio, que tanto le recordaba a su comarca paramesa regada por los canales que llegaron con el pantano de Luna. Su infancia fue en tierra seca y entre gente esforzada. Recordaba a su padre y a su madre por su fe en el trabajo, en Dios y en la educación de sus hijos. En Mansilla del Páramo aprendió que «da más alegría dar que recibir». «Yo creo que fui hombre nuevo desde niño», afirmaba al cumplirse los 25 años de Hombres Nuevos.
Era leonés y agustino. O agustino y leonés. De fina vocación, cultivada formación y hombre de acción y pensamiento.
La idea de ser misionero rondaba su cabeza tocada por la mitra de Palencia y tras visitar el país más pobre de América del Sur invitado por los agustinos cambió su vida. Lo más difícil fue conseguir que un obispo local aceptara su proyecto. «Me rechazaron cuatro obispos de Bolivia, decían que era comunista y de la teología de la liberación». El arzobispo de Santa Cruz, Julio Tarrazas Cardenal, fue quien le abrió las puertas.
El 16 de enero de 1992, en las vísperas del quinto centenario del descubrimiento de América, llega a Santa Cruz de la Sierra el leonés Nicolás Castellanos, dejando atrás trece años como obispo de Palencia. En el mercado y en las calles «pescó» a muchos de sus primeros usarios el padre Nicolás. Los niños trabajadores empezaron a ir a la escuela y muchos han llegado hasta la universidad gracias al proyecto.
«Su presencia fue como una caricia de Dios, llegó a nosotros, convivió con nosotros, dedicó su vida a mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, dejando un legado imborrable en nuestra comunidad». Es el epitafio que le dedica la Fraternidad y Proyecto Hombres Nuevos en Bolivia a este hombre a quien prometen que «su pasión y compromiso seguirán siendo una fuente de inspiración para todos nosotros».
Son los herederos y herederas —en Hombres Nuevos, a pesar del nombre, las mujeres tienen un papel protagonista— de un proyecto cuyo norte ha sido y es la educación. El balance es de 121 escuelas fundadas y más de 6.000 universitarios licenciados, además de irradiar a más de 60.000 personas de forma directa solo en Santa Cruz de la Sierra.
Fundó las primeras 14 escuelas con el apoyo de un mecenas español, Carlos Laborde Pulido, que le dio 400 millones de pesetas y le dijo que no quería catequesis. Pero la gente le pedía templos, porque «dicen que donde hay iglesia hay escuela», señalaba. La gente pasaba hambre y los niños y las niñas, más hambre. Lo urgente era lo importante y el padresito decidió abrir un centro para atajar la desnutrición infantil.
Una de las obras de las que estaba más orgulloso es la facultad de Teatro. Un templo de la cultura erigido entre las pobres y destartaladas viviendas del plan 3000 y la única de Bolivia que recibió alumnado de toda América Latina y tuvo acuerdos con Francia y la Real Escuela de Teatro de Madrid.
Santa Cruz de la Sierra era su base de operaciones, pero en las últimas décadas logró extender la labor al Altiplano. Con ayuda de la Obra Social de la extinta Caja España, primero, y la Junta de Castilla y León abrió internados en Cochabamba y El Alto, una ciudad de nueva creación por encima de La Paz a la que llegaron millones de personas.
Nicolás Castellanos se ganó la condición de autoridad en Bolivia sin tener ningún poder. En la fraternidad de la Ciudadela Andrés Ibáñez del plan 3000 la mesa siempre tenía hueco para compartir con los numerosos voluntarios y voluntarias de España que llegaban a Santa Cruz de la Sierra a conocer el milagro de los panes y los peces del leonés. Su primera fuente de ingresos era la «utopía», decía, consciente de que nada de lo que recibía un año era seguro para el año siguiente.
En los últimos años, siempre ironizaba con que su único papel como presidente de la Fundación Hombres Nuevos en España era recoger fondos para seguir con el proyecto en Bolivia. «Con 200 euros que done un leonés, puede estudiar un boliviano», aseguraba, mientras defendía que «cada euro entregado es euro invertido». La fraternidad, con una veintena de personas al frente de los diferentes programas, era autónoma o así quería que fuera.
Su capacidad de acción fue acompañada siempre por un pensamiento activo y proactivo sobre la cuestión de la pobreza. Sus inquietudes intelectuales quedaron plasmadas en una extensa obra que inició en 1978 con el libro «Encuentros de juventud. Celebrar la vida».
La etapa boliviana fue también la más fructífera como escritor. Desde que en el año 1995 publicó su primer libro como misionero, «Las siete palabras de América», no dejó de poner negro sobre blanco la intensa experiencia — «Utopía y realidad: hombres nuevos» (2000)—, sus inquietudes —’Ser cristiano en el Norte con el Sur al fondo» (2010) o «Memoria, profecía y liberación hacia el reino»— y sus orígenes vitales y religiosos. Con «Memorias, vida, pensamiento e historia de un obispo del Concilio Vaticano II», de 2021, y «El arte del bien y el buen vivir» (2023) puso el broche a un legado intelectual perdurable.
Su pasión y su obsesión era acercar a las personas de los países ricos, y en particular a España, la sensibilidad hacia la justicia y las personas más pobres del planeta. La pobreza, decía, «verdaderamente es un problema planetario porque dos terceras partes de la humanidad están en esa situación y es escalofriante».
«La pobreza es la gran indignidad de la humanidad, una vergüenza», fueron las palabras que dejó clavadas en el mensaje a sus convecinos de Mansilla del Páramo este verano, en el homenaje que le tributaron. «Aquí, en Mansilla, aprendí los valores que han guiado el resto de mi vida», confesó con la mitra de obispo emérito sobre su lúcida cabeza.
Nicolás Castellanos ingresó en la Orden de San Agustín y realizó sus primeros votos en Palencia el 10 de septiembre de 1953. En 1973 fue elegido provincial de los agustinos y, cuando disfrutaba de su segundo mandato como provincial, fue nombrado obispo de Palencia. El 30 de septiembre fue ordenado por el nuncio apostólico Luigi Dadaglio. En la Conferencia Episcopal Española fue miembro de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades (1981-1990) y de la Comisión Episcopal de Pastoral (1984-1987). También perteneció a la Comisión Episcopal de Límites de 1987 hasta 1991. Este año presentó su renuncia para irse de misionero, deseo que le concedió Juan Pablo II el 4 de septiembre de 1991.
Además del Príncipe de Asturias a la Concordia, con Vicente Ferrer, Joaquín Sanz Gadea y Muhammad Yunus, fue galardonado por la Junta de Castilla y León con el Premio Valores Humanos en 2002. En 2006 el Gobierno de Rodríguez Zapatero le otorgó la Medalla de Oro al Trabajo, que recibió de manos de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega en una visita de estado. En 2022, la Junta entregó en 2022 a monseñor Castellanos la Medalla al Mérito Profesional de Castilla y León. También es Leonés del Año, de Radio León.
Su fallecimiento se produjo tras varios días ingresado en el hospital. En Palencia se celebrará un funeral el día 25, presidido por el obispo de la diócesis, Mikel Garciandía. Los pésames han llegado desde todas partes. El presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, le recordó como un referente de «entrega y solidaridad».
Nicolás Castellanos ha pasado a la habitación de al lado, donde los creyentes esperan la resurrección.

La obra de un misionero leonés en Bolivia.
La obra de un misionero leonés en Bolivia

La obra de un misionero leonés en Bolivia.
La obra de un misionero leonés en Bolivia

La obra de un misionero leonés en Bolivia.
La obra de un misionero leonés en Bolivia

La obra de un misionero leonés en Bolivia.
La obra de un misionero leonés en Bolivia

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