DE OLVIDADAS A RESCATADAS
La leonesa Ende y otras mujeres medievales que 'pintaron' mucho
En la Edad Media «había mujeres en todos los oficios», afirma la catedrática Silvia Pérez González en un seminario de Historia

María Soler, Silvia Pérez y David Igual durante el seminario sobre trabajo femenino en la Edad Media en la ULE. El Beato de Gerona fue iluminado por Ende o En.
La primera artista con nombre de la península ibérica se llamó Ende o En. Iluminó el Beato de Gerona en el siglo XI y era leonesa. Era una monja del monasterio de Tábara, en el reino de León, actualmente provincia de Zamora.
Como Ende, hubo otras mujeres que ‘pintaron’ mucho en la Edad Media, como quedó de manifiesto ayer en el seminario sobre el trabajo femenino en la Edad Media celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras. Las iluminadoras, escribanas, tejedoras y bordadoras y hasta una «curadora de ojos» —oculista— en Sevilla realizaban con normalidad trabajos que luego se masculinizaron.
En la teoría construida por pensadores como Francisco de Eiximenis, un franciscano influyente del siglo XIV-XV, y que ha llegado hasta nuestros días, las mujeres de la Edad estaban relegadas al ámbito del hogar, como apuntó Silvia Pérez González, catedrática de Historia Medieval de la Universidad Pablo de Olavide, especialista en Historia de las mujeres a lo largo del Medievo y coordinadora de este seminario.
Pero una cosa es la teoría y otra es la práctica. «Cuando vamos a la práctica, como por ejemplo, en la provisión de alimentos de las ciudades, las mujeres tuvieron un papel decisivo», subraya. Las mujeres crearon «espacios para las mujeres dentro de la economía urbana, van a implementar las pautas que la sociedad patriarcal desarrolló, pero ellas las van a utilizar en caso de necesidad y se van a convertir en agentes decisivos en la comercialización de determinados productos y en la gestión de ese abastecimiento urbano».
Las dotes de las mujeres, añadieron en el seminario, fueron el capital inicial para poner en marcha negocios artesanales en los nacientes burgos o ciudades.
«Las mujeres trabajaban y la dote femenina era elemento capital en el inicio de los talleres, aunque el titular era masculino», señaló David Igual Luis, de la Universidad de Castilla-La Mancha. El proceso de corporativización de los oficios excluye a las mujeres.
En la Edad Media esta presencia de primera fila de las mujeres «obedece a la pura necesidad». Son necesarias en determinados oficios, pero es que ellas también necesitan ser necesarias», matiza la profesora de la Universidad Pablo de Olavide. Son mujeres que pierden al marido o que los recursos que el marido trae al hogar no son suficientes y «deciden profesionalizarse y desarrollar un oficio».
Cuando los oficios se gremializan, las mujeres quedan invisibilizadas. Según esta catedrática, la influencia de la iglesia tuvo mucho que ver en ello. «Las sociedades medievales y las modernas son sociedades cristianas y en buena medida es la Iglesia la que dicta las pautas». Del Concilio de Trento sale la idea de «aut murum, aut virum», (o en la clausura o en el hogar). Las mujeres «son expulsadas o autoexpulsadas porque adoptan esas pautas del mundo profesional femenino». La Ilustración tampoco fue positiva para las mujeres y el siglo XIX, con la mentalidad burguesa, acabó con todas estas posibilidades, aunque algunas consiguen «escapar del control».
Los conventos, un trampolín
La Ciudad de las Damas, el libro que escribió Cristine de Pizán en el siglo XV, no estaba tan lejos de la realidad, aunque haya «mucha idealización porque Cristina de Pizán es una señora culta, es una intelectual y los intelectuales muchas veces no ponemos los pies en la tierra, pero ella está también reflejando parte de la sociedad en la que vivía».
El papel y el poder que las mujeres tuvieron en los conventos femeninos fue otro de los temas abordados. La vida monástica, más que refugio, señala la catedrática, fue «una plataforma, un trampolín desde el que desarrollar muchos anhelos y muchas inquietudes personales», con la salvedad de que «no todas las mujeres tenían capacidad de ingresar en un convento».
Entraban las que tenían medios, que incluso con votos de pobreza seguían administrando encomiendas, y sus sirvientas. «Había muchas sirvientas que no salían del servicio doméstico del convento, eran las que tenían un patrimonio, las que pudieron desarrollarse».
«La miopía contemporánea ve a los conventos como espacios de reclusión, cerrados, pero hubo señoras feudales importantísimas» y los conventos se configuraron como un «espacio vital, bueno y razonable» para las mujeres, añadió María Soler, de la Universidad de Barcelona. En la Edad Media, «había mujeres en todos los oficios», concluyó Silvia Pérez González. En el caso de la Sevilla del siglo XV había una oculista, era judía, como muchos de los sabios de la medicina, y estaba especializada en las operaciones de cataratas. La llamaban la curadora de ojos. Una época sobre la que la falta de documentación hace que queden muchas preguntas «abiertas y sin responder», aunque son cada vez más las líneas de investigación abiertas.
«Animo a las personas que tengan la formación, a los chicos y a las chicas que están estudiando, que sigan estas líneas de investigación para seguir encontrando a estas mujeres de primera fila en la vida social, económica y política de las ciudades», señaló la catedrática. Hacer luz sobre la Edad Media y las mujeres demuestra que «la mujer estaba y se la excluyó», indicó Davir Igual.
«Yo no digo que la historia, si no se conoce, se repite, sino que de la historia se aprende. Y de la historia hay que tomar aquello que es positivo», en un momento tan delicado en que «incluso hay una falsificación de la historia». «De la historia tenemos que tomar lo positivo y lo que funcionaba. Y si podemos implementarlo en esta sociedad, magnífico».

El Beato de Gerona, una de las obras iluminadas por Ende en el monasterio de Tábara (Zamora) en el siglo X.