VIAJES POR EL MUNDO
Antártida más que accesible
Sin regulación vinculante e integral que limite su impacto, los visitantes ponen en riesgo el ecosistema

Fotografía de la Isla de las Estrellas en Chile del 15 de marzo.
Con cerca de 125.000 visitantes por temporada, más del doble que hace cinco años, el turismo en la Antártida ha seguido creciendo durante el último verano austral, que acaba de llegar a su fin, sin que exista una regulación capaz de limitar de manera vinculante e integral el impacto de sus expediciones en uno de los territorios más vírgenes del planeta. «El mayor problema que tiene el turismo en la Antártida es que está aumentando y no hay una gestión integral establecida, lo que debería resolverse urgentemente», asegura la directora de la ONG Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), Claire Christian, quien advierte que «si queremos seguir considerando el turismo una actividad legítima, tiene que estar mejor regulado». Desde su creación en 1961, los firmantes del Tratado Antártico, instaurado para otorgar gobernanza al continente y suscrito actualmente por 58 países, han aprobado más de 50 resoluciones relativas al turismo, pero la gran mayoría de ellas son «directrices voluntarias o recomendaciones» que, además, deben esperar a ser adoptadas por los sistemas legislativos nacionales, explica a EFE la investigadora Chantal Lazen, del Programa de Estudios Antárticos de la Universidad de Chile. De momento, las agencias de viajes pasan por evaluaciones ambientales domésticas y, voluntariamente, se inscriben a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida (IAATO), cuyos requerimientos son más estrictos, pero, una vez en la Antártida, la actividad turística está autorregulada y depende, en definitiva, de la «conciencia» de los operadores. «Hasta hoy en día el control es que todos nos miramos entre nosotros y nos fijamos en que el otro no haga nada, pero no existe policía», describe el guía Santiago Imberti en la ciudad de Punta Arenas.
Turismo de reflexión
El turismo en el continente helado sigue siendo, como cuando empezó en la década de 1950, principalmente marítimo. Alrededor de 80 buques arriban a la costa antártica cada temporada, con entre 12 y 3.150 pasajeros a bordo, la mayoría de ellos estadounidenses, indica la IAATO. Según las recomendaciones, solo desembarcan los cruceros con menos de 500 turistas y lo hacen en puntos seleccionados de la península. Bajo el lema «no se puede cuidar lo que no se conoce», la mayoría de expediciones promueven un «turismo distinto".